Noticia del otoño

| RAMÓN PERNAS |

OPINIÓN

23 sep 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

PENSABA escribir sobre la fábrica de juguetes rotos, sobre el penúltimo de los iconos del catálogo del glamour destrozado por la muy amarilla prensa popular británica, pensaba escribir sobre Kate Moss, musa de Chanel y de la farlopa, de las rayas de coca y de Burberry, del perico blanco y de H&M, sobre la mentira y el espanto. Podía elegir y contar de nuevo el orden alfabético de los huracanes o la costumbre de bautizar con nombre de pila, de cristianar las catástrofes, con la espada de Rita balanceándose en el viento que anuncia a Tejas su llegada. Andaba yo leyendo opiniones para dotar de contenidos ese Partenón postmoderno sin cariátides que es la totémica ciudad compostelana de la cultura, cuando me saludó muy de mañana la primera brisa del otoño. Me sorprendió el almanaque decretando el otoño en este hemisferio, recordándome que carta le debo desde hace un año, y carta le escribo. Y le doy la bienvenida en mi diario de nieblas, y acudo al tiempo del membrillo y a los postreros soles de San Miguel que reparte la ilusión de los veranos perdidos cuando se escapa septiembre. Membrillos y peras de dulzor tardío con el joven otoño tatuado en su piel coloreando tactos y sabores, y rebusco en los desvanes de las historias campesinas para contarles que la tierra de octubre tiene memoria del pan y de las vides, y viajo junto a un río de mi país para ver en las copas de los abedules, de los vidueiros, cómo el bosque aprende a declinar el otoño tornando el verde de las hojas por ocres y dorados, por carmines y por sienas, y el río sestea y fluye silencioso. El río del otoño es de papel de plata y la música que canta por el valle es una canción de agua, un lied compuesto con partituras de chubascos, de fuentes limpias, de murmullos de extrañas armonías. Al atardecer la melancolía envuelve las horas que ponen la frontera de la noche, y otoño es una saga de los pueblos del norte poblada de rumores de otros dioses con Odín cabalgando un viento joven. Llegó pronto este año el carro del otoño, me cogió a trasmano saliendo todavía de un verano que se resiste a desvaírse en su memoria de playa. Yo iba a escribir sobre otros temas, querido otoño, instalarme otra vez en el aburrimiento cotidiano, en ese permanente « y tú más» estatutario, en el distanciamiento de las civilizaciones, en los mil nombres de las bodas y su condición constitucional, incluso sobre las nuevas entregas de los Alcántara, del televisivo Cuéntame, que no es otra cosa que una recreación sensiblera del otoño del franquismo. Pero ya ves, no ha sido así, y de nuevo has vuelto a sorprenderme con tu llegada. Que seas bienvenido, viejo amigo, no hago otra cosa que dar noticia del acontecimiento, contar que has vuelto. ¡Cómo pasa el tiempo!