LAS EMPRESAS también tienen corazón. A veces, por obligación: la regulación laboral o el pago de impuestos que sostienen las políticas redistributivas fijan límites a la implacable lógica del mercado. En otras ocasiones, por devoción. En primer lugar, muchas empresas dedican parte de sus beneficios a financiar actividades culturales o educativas, a través de fundaciones o mediante donativos a otras entidades. Probablemente, el ejemplo más conocido en Galicia sea la obra social de nuestras dos cajas y la Fundación Barrié. Para entender lo que significa estar enraizado en una comunidad o en otra, basta comparar su programación de actividades con la del resto de las entidades financieras no gallegas que operan aquí. En segundo lugar y acaso más importante: las decisiones que toman las empresas no dependen siempre y exclusivamente de criterios de pura rentabilidad económica. Dudo mucho que Inditex tuviera su base de operaciones en Arteixo si sus propietarios fueran valencianos. Lo mismo se podría decir de muchas otras empresas gallegas de éxito, generadoras de bienestar económico, empleo y riqueza para nuestro país. Porque en muchas ocasiones, los emplazamientos de nuevas actividades o la expansión de las existentes se podría hacer en más de un sitio con condiciones equivalentes. Y en esos momentos puede ser determinante el vínculo de los empresarios con sus territorios y un compromiso, más o menos fuerte, con el desarrollo económico de los mismos. Por supuesto, lo anterior no debe interpretarse en clave autárquica. Bienvenidas sean las inversiones y empresas de fuera. Empresas que, con el tiempo, acaban incluso estableciendo unos lazos extraordinariamente sólidos y fructíferos con el territorio de acogida: Citröen es el mejor ejemplo. Pero sí debería quedar claro que un capitalismo galaico fuerte, que controle empresas y sectores estratégicos para el país, que favorezca la puesta en práctica de estrategias de desarrollo regional ambiciosas, y que vea en Galicia algo más que un mero espacio físico de producción es importante. Porque nos hace menos dependientes de las decisiones que pudieran estar tomando en este mismo momento un ejecutivo danés, estadounidense o coreano que jamás ha pisado nuestro suelo, que quizá le haría más gracia reubicar la actividad productiva de la empresa en la que trabaja en el seno de su propia región, y que le trae bastante al fresco que la economía gallega converja hacia la media española y comunitaria o se congele en el atraso relativo. Lástima lo de Fenosa.