Puerto de partida

| LEONCIO GONZÁLEZ |

OPINIÓN

22 sep 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

EL NOMBRAMIENTO de Abel Caballero como presidente del puerto de Vigo lo redime del ostracismo al que fue condenado tras las elecciones gallegas de 1997 y que supuso su expulsión sin contemplaciones de la vida pública. Por tanto, tiene mucho de reparación personal. Se desagravia a quien expió los pecados colectivos que condujeron al PSOE a la tercera posición del ránking autonómico, por detrás del BNG, ahora que los socialistas paladean las mieles del poder. La noticia es prometedora para Vigo y su puerto, no en vano Caballero fue ministro de Transportes y miembro de la Ejecutiva Federal del PSOE en la época dorada de Felipe González. Lo primero le otorga un know-how sobre el complejo mundo del tráfico marítimo muy útil para posicionar mejor a la entidad portuaria. Lo segundo, conexiones e influencias en el no menos complejo universo socialista español y sin las cuales cualquier gestor, por bien equipado que esté, se encontrará atado de pies y manos. Con todo, el nombramiento encierra una ironía del destino que no puede pasar inadvertida a un aficionado a la novela histórica como don Abel. Pues es cierto que él es el artífice que modeló la carrera del hoy presidente gallego. Lo sacó de la Universidad de Santiago y lo llevó consigo al ministerio. Luego lo trajo de Madrid como lugarteniente cuando aceptó dar la batalla ante Fraga. Y, por último, se apartó para dejarle su sitio en la jefatura del PSdeG. Pero si Touriño lo puede rescatar ahora es porque ha hecho una política totalmente opuesta a la que él diseñó. Lo último que hubiese propugnado Caballero era un entendimiento con el Bloque para gobernar juntos. La sola mención de esta posibilidad ofendía sus principios, pero las cosas son como son, y aquella coalición, la entente que tanto denostó, es la que le brinda el puerto de partida para nuevas singladuras.