LOS DE la Mesa pola Normalización Lingüística andan tramando una paleta imposición para uncirnos, contra nuestra voluntad, al yugo de su lengua, que no es la de todos los gallegos, como si fuéramos bueyes mansos. Difícil lo tienen habida cuenta que el individualismo gallego es esencialmente reacio a los ritos tribales. De ahí que quiera hoy dar razón de algunos ejemplos que representan muy acabadamente ese carácter gallego aristocratizante que de siempre practicó la resistencia contra el nacionalismo lingüístico. Juan Harguindey encarnó como nadie la figura del perdedor por derecho. Él fue, además, quien estrenó en Galicia las prendas del dandismo existencialista vivido con absoluta afirmación. Antes de que los intelectuales galleguistas se dedicaran a escribir malos obituarios, Juan delineó los trazos del urbanita antifranquista y antinacionalista con una fuerza tal que aún imprimen un visible carácter en muchos de nosotros. Fue Juan la encarnación misma de la superioridad de la inteligencia sobre la memez ejercida con una seguridad demoledora pero sin adarme de desprecio. Su rechazo del nacionalismo lo manifestaba desde la fanfarronería de la homosexualidad viril que exhibía sin recato, quizás por ello llevó de calle a las más bellas mujeres. Hoy, si viviera, pasaría por un reaccionario en política pero el armazón de su culta elegancia, tan duramente conseguido, fue envidiado por todos los vigueses de mi generación, yo el primero, y plagiado incluso en la forma de hablar. El heroísmo de transitar con tanto estilo se paga caro y a Harguindey se asignan singularmente los manriqueños acentos del bellísimo epitafio que Machado dedicó a Alejandro Sawa: «Jamás hombre más nacido/ para el placer, fue al dolor/ más derecho./ Jamás ninguno ha caído/ con facha de vencedor/ tan deshecho». Rubén López regalaba salchichones. Llevaba una representación de quesos y charcutería que buena falta le hacía para alimentar a su familia de deportistas y gigantes, pero si veía a un amigo frenaba la camioneta con siete hierros y lo agasajaba con una caja de lo que fuera. Viudo, cualquiera que llamara a la puerta era recibido a las cinco de la mañana, con la mesa abarrotada de viandas y vinos que ofrecía con ilimitada generosidad. Cuando le decíamos que se iba a quedar sin nada, invocaba a Zorrilla y respondía con el acento porteño que conservaba de su juventud de emigrante: «Y olmos tengo en mi alameda/ que hasta el cielo se levantan,/ y en redes de plata y seda/ tengo pájaros que cantan». No hay en Galicia mejores poetas que Carlos Oroza y Luis Torras. Como Luis escribe en español (de Carlos hablaré otro día) tiene que editar casi clandestinamente a cuenta de autor. Su poesía canta a lo largo y ancho la inflexible y demoníaca resistencia a la santidad nacionalista y el rechazo desdeñoso de su sectaria verborrea. Dotado de una superioridad intelectual apabullante, sus poemas desmontan cruelmente el aldeanismo tribal. En definitiva, es por antonomasia el reaccionario genial, el individualista arquetípico que ejemplifica sin otro trámite, con su propia forma de vida, el elitismo moral del «nos» de los solitarios frente al «nos» gregario de la tribu galleguista: «Aquella tarde en la cafetería/ entre el humo y el dolor de cabeza/ nos fundía el agobio y la pereza/ otoño en las ventanas se encogía./ Aquella tarde nadie nos veía/ estábamos ahítos de pobreza/ rozábamos la nada y la belleza/ como embustes de alta joyería./...». Cuarenta años después, los resistentes seguimos igual: nos aburre tanta mentira y tanta aldea lingüística.