El último suspiro

OPINIÓN

COMO gala festiva ha estado francamente bien. Se saludaron cordialmente, echaron unas risas, se hicieron fotos de recuerdo y cada uno para su casa. Los convites internacionales son así, cordiales y muy protocolarios. En cambio, como cumbre de la primera institución mundial, ha sido una ruina. No solucionó ni uno sólo de los numerosos asuntos que tenía planteados. Y lo más llamativo. Todos cuantos participaron en ella abandonaron Nueva York encantados, hablando de éxito, de esperanza y de satisfacción. Un disparate. Hace años ya que la ONU está agonizando. Sólo es cuestión de tiempo ver como definitivamente ha perdido el pulso y ya ni siquiera respira. Porque una larga agonía está sufriendo la primera autoridad supranacional cuando es incapaz de sacar adelante ni un solo acuerdo sobre asuntos tan del pan nuestro de cada día como son la paz, los derechos humanos, el terrorismo, la pobreza o el hambre. Ahora vendrán quienes allí estuvieron, a hablarnos de las bondades de esta pantomima. Vendrán y nos dirán que George, al fin, ha hablado de atajar las desigualdades con ayudas y no con armas y que la Alianza de las Civilizaciones marcha viento en popa. Lo harán porque de eso se alimentan. Del optimismo y de la esperanza. De decirnos que los grandes retos del futuro están encauzados. Cuando lo que tenían que hacer es reconocer que la 60 asamblea mundial de la ONU ha sido un autoengaño, una farsa y un embuste. La situación mundial reclama a gritos una intervención decisiva de su máxima institución. Pero no es posible. Porque carece de liderazgo, de autoridad, de capacidad de negociación y de consenso. Porque la ONU es hoy una marioneta en manos de los intereses de unos pocos. Y porque está en el último suspiro de su existencia. A donde la hemos llevado, no sin esfuerzo, entre todos.