HA PASADO casi un mes desde que la muerte llegó con el viento, la trajo la lluvia, vino furiosa con el aire. Los huracanes son ciegos, es falso que tengan ojos, envuelven su mirada yerta con un manojo de furias desatadas que cabalgan temporales. Ha pasado casi un mes y N. O. continúa anegada y agónica. No suenan los blues en este lado del Misisipi y es imposible adivinar los ecos de un mardi grass por Canal Street. La crónica es un balance de páginas negras. En San Bernard Parish, un barrio industrial y obrero de N. O., encontraron muertos a 33 ancianos de un asilo... Una semana después de que el ciclón Katrina desolara la ciudad. Catorce de ellos flotaban en el jardín de la residencia donde 60 ancianos vivían asilados. Eran pobres, la mayoría negros. En las ventanas del edificio se podía leer Help . Era la única palabra escrita que nadie leyó. El agua subió los escalones del porche y se hizo dueña de una planta entera del edificio. Casi todos eran negros, todos eran pobres. Aquellos negros desvalidos de las imágenes de las televisiones, los negros de N. O. que no abandonaron la ciudad porque no tenían a dónde ir, son nuestros gitanos, habitantes de un profundo sur que casi es posible escuchar en las baladas tristes que brotaban en las plantaciones cuando los Estados Unidos estaban partidos en dos mitades. Son los nietos de los esclavos que inventaron el blues , para ellos nunca hubo discriminación positiva, sólo hubo discrimación. La postal de N. O. es la imagen de un negro viejo y desorientado huyendo hacia ninguna parte. La imagen de N. O. es la foto de un negro viejo que sabe que ninguna parte es su país y su destino. Y hay un paisaje de armas, una geografía de rifles y de pistolas para defenderse del fantasma de la famélica legión vagando sin rumbo, mientras Escarlata O¿Hara levanta sus brazos sobre las ruinas de Tara desolada, sobre un N. O. inundado y destruido, juguete del vendaval y del aguacero, y vienen los recuerdos de T. Willians y de Faulkner, maestro siempre, y de J. Kennedy O¿Toole, y en un azulejo del puente viejo miro un escudo de A Coruña que devuelve el pasado español de la Luisiana. Morir en N. O. cuando la memoria es un cadáver flotando a la deriva, y el alcalde reparte licencias para matar. Treinta y tres ancianos a quienes nadie socorrió. Primeras víctimas para abrir el telediario. El asilo estaba en el barrio más pobre de N. O., casi donde la ciudad termina, donde se acaban todas las esperanzas. Aún puede verse en los cristales de las ventanas del primer piso la llamada de socorro. Cuando N. O. se reinvente, cuando la navidad arribe al sur, volverán a florecer los magnolios, y la nueva postal de una tierra devastada traerá un recuerdo piadoso para todos los muertos. A veces la muerte llega con el viento. Por el aire desabrido llegó a N. O. Ha pasado casi un mes.