Diálogos en el tiempo

RAMÓN CHAO

OPINIÓN

15 sep 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

«NIN SE sonha nin se vive / é uma infancia sem fin». Si lo que afirma Fernando Pessoa es cierto -¿y cómo no lo va a ser?- me permito situarme entre mis doce y veinte años cuando me formaba con los seminaristas que en Villalba pululaban, entre ellos mi hermano y Antonio Rouco Varela, más conocido entones por Tuchiño. Charlábamos durante horas éste y yo sin ponernos nunca de acuerdo, pero siempre con afecto. Las discusiones prosiguieron en un café de la plaza de Odeón de París, cuando él regresaba de Alemania. En ellas participaba mi mujer, mucho más temible que yo, pobre pianista, por su formación científica. Imagínate, Tuchiño, que estamos sentados en la terraza del café aquel y que leo tus declaraciones. Aseguras que las reformas del Gobierno socialista en cuanto al matrimonio de los gais, «están planteadas a espaldas de la historia y niegan la misma razón humana». -¿Pero de qué historia me hablas, Tuchiño? ¿Dónde empieza la historia para ti? ¿En los griegos, en los romanos? Pues venga, incluso si cercenamos a la humanidad de la mayor parte de la historia, he de recordarte las lecciones que te dio tu profesor, mi hermano Pepe: Hasta el siglo XIX no se conoce el modelo «moderno» del matrimonio por amor, monógamo y contraído por declaración pública. Antes de esa unión burguesa regía un sistema que no tenía en cuenta la relación personal entre los cónyuges, sino más bien entre los padres de los contrayentes. Los matrimonios se establecían con frecuencia sin que los prometidos se conocieran, por lo cual la atracción física constituía un elemento secundario. Hasta la época burguesa, el matrimonio se reservaba a los que tenían importancia social o ingresos sustanciales. Si no era así tendrían que contentarse con el concubinato. -«....». -Aún está por ver qué surgió primero: la esclavitud o el concubinato. Lo cierto es que la concubina cumplía una doble función: rendía servicios sexuales al amo con el consentimiento de la esposa, y hacía de criada de ésta. Tienes un ejemplo en tus Sagradas Escrituras: Encontrándose vieja y sin descendencia, Sara le pide al patriarca Abrahán que fornique con su criada Agar, y el hijo, Ismael, será de la dama y no de la concubina. -«...». -No; la moral matrimonial que los sacerdotes predicaban a los laicos; es decir, a los «grandes», era una moral de hombres, predicada por hombres que nunca habían conocido a mujeres. Se basaba en tres preceptos: monogamia, exogamia y represión del placer. -«...». -Claro. La consecuencia, la obligación de que la mujer permaneciera virgen hasta la ceremonia nupcial. El quererla y honrarla resulta redundante. -«...». -¿ Y qué es la razón humana? ¿La católica? ¿La protestante o la budista?, pues toda religión ha de tener una moral, así como las ballenas y los monos australes, que también forman parte de la humanidad. Desde que la historia es historia, los hombres tenían amantes masculinos, aún si vivían con féminas. El amante de Empédocles era Pausanias; el de Sócrates el bello Alcibíades, aunque compartiera domicilio con la denostada Xantipa. Tu moral ni tan siquiera es la que predicó Jesucristo, al que no le niego aspectos muy positivos en cuanto a las mujeres, al dinero y a las costumbres sexuales. Y eso que me resisto a creer lo que me afirmó Roger Peyrefitte en una entrevista: la entrega de Jesús, la traición de Judas fue un asunto de celos. Hasta entonces Judas era el preferido de Jesús, y en ese momento Jesús le estaba abandonando por Juan, el bien amado. -«...». -¿Que es imposible discutir conmigo? Entonces te suelto a Felisa, ya verás lo que es bueno.