10 sep 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

UNA COSA es «ir por la vida pidiendo perdón» y otra muy distinta no pedirlo nunca. Tampoco dar las gracias significa servilismo. Lo digo, porque advierto un progresivo endurecimiento del lenguaje juvenil, y también del adulto, que se caracteriza, entre otros motivos, por la ausencia de esas dos palabras: «gracias» y «perdón». Quien sabe dar las gracias y quien pide perdón es humilde, virtud muy depreciada en la subasta de valores en boga. Nadie quiere ser humilde porque se percibe como debilidad de carácter como una flaqueza inadmisible en los fuertes. Agradecer desde la cumbre de un éxito todavía se lleva. Pedir perdón, ni siquiera en esos casos. Ambas expresiones formaban parte, junto con otras, de la cortesía, también denostada ahora por su supuesta falta de espontaneidad, su convencionalismo. No sé ustedes, pero a veces echo en falta esa elegancia sobria de la palabra amable. En Galicia hemos convertido el «gracias» en «graciñas» para intensificar su significado, para enternecerlo. Lo dicen más las mujeres, claro, pero apenas se oye en los labios más jóvenes. Decir «gracias» ni convierte a nadie en agradecido ni humilla. Pero ya es algo. Un buen primer paso. psanchez@udc.es