EN LA vieja canción fascista, el sujeto retaba a la muerte con la camisa azul. El sol y la luz siempre han sido símbolo, signo, ídolo, principio y fin de civilizaciones y materia de estudio para filósofos, astrofísicos, humanistas, desde el platónico mito de la caverna, pasando por la astronomía heliocéntrica de Copérnico, hasta Einstein y sus teorías que revolucionaron el mundo de la física. Con el sol se han orientado las ciudades, calles y edificaciones. Los monumentos megalíticos se disponían mirando al naciente, al igual que los templos de la mayoría de las confesiones; en cambio, en nuestros días las cartas de sostenibilidad aconsejan la orientación sur para ahorrar energía. La luz del sol arroja sombra cuando se interpone un objeto. Si son nubes, los rayos se filtran entre ellas y derraman sobre la geografía formas caprichosas y entrecortadas; si son edificios o personas, reproducen sus perfiles deformados o ampliados sobre el plano horizontal de la tierra. Al reflejarse sobre el mar o materiales brillantes, nos ciega en su recorrido interminable. La luz y la sombra son indisociables, biunívocas, y su consideración por el hombre ha dependido y depende de su posición geográfica, de factores civilizatorios y, cómo no, subjetivos. No es lo mismo un solsticio en Glasgow, en Vigo o en Casablanca, por movernos aproximadamente en el mismo meridiano y por encima del Trópico de Cáncer. En el paralelo del mundo desarrollado, la luz del norte permite ver la sombra del propio cuerpo y mirar los detalles del objeto iluminado que tenemos enfrente. El norte es, en cierta medida, aristocrático; no se beneficia del ceremonial de los rayos que entran en el interior de las habitaciones. El sur es el sol en la frente, y tiene el inconveniente de que el deslumbramiento quizá nos impide mirar a la pobreza del otro paralelo. Es el sur de los espacios y las imágenes de Faulkner, el hedonismo que en verano cae en vertical y, desafiando el calor, invita a pasear las ciudades deshabitadas, porque el ferragosto ha expulsado a sus habitantes. El este es el despertar, el sol intruso, el primer calor, que aparece silenciosamente entre las callejuelas de las ciudades griegas o las villas del Adriático, y se cuela cuando apenas acabas de acostarte por las rendijas de las ventanas entornadas. El oeste es languidez, misterio, es como el Finisterre y su inabarcable horizonte marítimo. Con el oeste veía en la pared de mi habitación el reflejo de la Berenguela invertida, por un efecto óptico de la luz que se filtraba entre las persianas de librillo, llevando en suspensión un millón de motas de polvo. Hasta hace bien poco las ciudades construidas por el pensamiento humano tenían una genética basada en la orientación, con una geometría y una forma expresadas en la cartografía urbana, que traducía el «sentido común» de los urbanistas. Y digo había, porque ahora las poblaciones crecen por doquier, fragmentadas y desorientadas. Da la sensación de que sólo el mercado marca la pauta. Si sostenibilidad consiste en entregar a la generación próxima un legado territorial culto y racional, construir con sostenibilidad implica un crecimiento orientado de las tramas urbanas y metropolitanas. Volver a mirar al sol retando al futuro, y no a la muerte, como en el himno falangista, y combinar las luces y sombras con la geografía que rodea la ciudad, para que se desarrolle ordenadamente a través de sus planes.