DE CIEN escritores del mundo consultados por la Academia Noruega sobre la mejor novela de todos los tiempos, cincuenta eligieron el Quijote . Detrás de Cervantes quedaron escritores tan indiscutibles como Dostoievski, Faulkner y García Márquez. Es un reconocimiento más que viene a respaldar este IV Centenario de la publicación de la primera parte de la inmortal obra cervantina. El año del Quijote es, también, el año de todas las osadías con el ingenioso hidalgo. Miles de conferencias, centenares de montajes teatrales, incontables homenajes de la más variada condición, se suceden en un carrusel literario imparable. Con seguridad hoy mismo se hablará de él en el Festival Internacional de Literatura que se celebra en Berlín, en el que intervienen 150 escritores de todo el mundo. ¿Cómo no hacerlo? Hay acuerdo general sobre que el Quijote (es decir, Cervantes) es el padre de la novela tal como se ha desarrollado desde el siglo XVII, y ya no queda más que sumarse a esa procesión de turiferarios, que repiten como loros lo que otros, con mayor o menor acierto, han afirmado antes. Jacinto Benavente nos dejó dicho: «Si todos los que admiran a Shakespeare lo leyeran, ¡pobre Shakespeare! Acaso no fuese tan admirado, porque nada gana un poeta con ser leído, como nada gana un campo de flores con ser pisoteado». Sustitúyase Shakespeare por Cervantes y lésase de nuevo la frase. Porque no tenemos la menor garantía de que, después de todo este ejercicio de masificación cultural, la obra de Cervantes sea más conocida y más justamente celebrada. Más bien uno tiene la idea de que estamos consolidando el tópico (nada desdeñable) de que el Quijote es el número uno. Como si, en vez de estudiarlo, estuviésemos fabricando una imagen de marca: Cervantes igual a primer novelista del mundo. Si es así, el esfuerzo no sería estéril. Porque hoy la marca a veces vale más que los bienes materiales que representa. Así, la marca España se vería multiplicada por los efectos de la marca Quijote y se dispararía en la Bolsa de las Percepciones Favorables. Y esto sí que sería un gran logro, aunque no fuese estrictamente literario. Porque hoy una buena marca lo es casi todo, querido Sancho.