Hasta la fecha, el de los libros de texto era un negocio redondo que daba para todos, menos para los padres. Ahí se lucraban los editores, con esa sana intención de renovar los contenidos cada dos por tres y dinamitar el viejo truco de que los libros del mayor sirvan para el pequeño; las grandes superficies, que al reclamo de los descuentos te venden hasta un paquete de compresas; y los libreros que, a pesar de su apocalíptico y permanente mensaje anual de que van a cerrar todos, ni cierran (afortunadamente) ni probablemente van a cerrar. Ahora que la Xunta se estira y cubre el coste de los libros, siquiera en la primera etapa de la enseñanza obligatoria, parece que nadie está contento. Que si ha sido muy por sorpresa, que si total, los libros no cuestan tanto, que si vamos todos a la ruina... Pues no. Los libros cuestan una pasta y la Constitución nos da derecho a una educación libre y gratuita. No dice nada de subvencionar colegios en inglés, ni en latín. Ni de garantizar la supervivencia de los editores, ni de las grandes superficies, ni de los libreros. Y con lo que este año nos ahorremos en libros de texto, tal vez podamos comprarles a los niños otros libros que complementen su educación. Eso sí, sería de agradecer que los libreros aconsejaran con un poco más de cariño y profesionalidad cuando uno entra despistado en una librería que, al fin y al cabo, ni están vendiendo pescado, ni libretas. Ahí también está la clave de la supervivencia comercial.