LAMENTAR el feísmo urbanístico de los años 70 es todo un clásico. Pero la verdadera gran desfeita, la que va a dejar muñones perpetuos en el paisaje gallego, se está perpetrando justo ahora. En un país como Galicia, que no gana población y se ha quedado clavado en 2,9 millones de habitantes, las viviendas brotan en progresión geométrica. Alcaldes de pequeñas villas, ávidos por ganar tamaño y dar fuste así a su propia figura, toleran y hasta animan el crecimiento atolondrado de sus poblaciones. Nadie piensa en accesos, desagües o servicios. Primero se levantan los bloques; y luego ya se llorarán los atascos, la contaminación y esa legendaria racanería con las zonas verdes para meter un pisito más (en la Galicia del ladrillazo, a una rotonda grande con césped ya le llaman «parque»). Culleredo, lindante con A Coruña, apiña torres sobre la Ría, y luego se sorprende cuando el fango se torna hediondo. Sada, con poco más de 11.000 vecinos, quiere meter ¡31.000 pisos más! (¿cuál es la necesidad?, ¿qué se gana?, o mejor: ¿quién gana?). Moaña y Cangas, villas costeras constreñidas por montes, quieren duplicar su población, machacando un poco más la formidable ría de Vigo. En Mera (Oleiros) se ha arrasado una vaguada de prados costeros con vistas inigualables al golfo Ártabro para construir pisos (¿no había solares sin necesidad de quebrar el litoral?). En la Costa del Sol, un muro de cemento especulativo tapona toda la vista del mar. ¿Seguirá silbando la Xunta mientras Galicia corre hacia ese modelo ciego?