El hombre y el mono

| ANXO GUERREIRO |

OPINIÓN

01 sep 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

HARTO del culebrón estatutario catalán, aburrido por la proliferación de actos rituales en los que los Pepe Blanco y los Acebes de turno cruzan declaraciones banales, desilusionado por las tempranas desavenencias surgidas entre los dos socios del Gobierno gallego, ha captado mi atención un exhaustivo estudio publicado por la revista Nature -del que ayer se hacía eco La Voz en sus páginas de sociedad- según el cual el 96% de la secuencia del ADN de los seres humanos es igual a la de los chimpancés. Seguramente, a algunas personas les habrá parecido inquietante semejante coincidencia. Y, sin duda, su preocupación irá en aumento al saber que la complejidad del genoma humano es sólo diez veces superior a la de los insectos, sólo cinco veces mayor en promedio a la de los peces y del mismo orden de magnitud que la de la generalidad de los mamíferos. Debo admitir, sin embargo, que la cuestión requiere una rápida aclaración. En efecto, cuando se toma en consideración el cerebro (y no el genoma) como referencia de la complejidad del comportamiento, la diferencia de los seres humanos con el resto de las especies, incluidas las más próximas a nosotros en la evolución, se hace abismal, es cualitativa. La complejidad de nuestro sistema neuronal es un millón, ¡un millón!, de veces superior a la del código genético. Éste especifica la estructura básica del cerebro, pero es el aprendizaje el que establece las conexiones neuronales, y este proceso es indisociable del medio que nos rodea, en especial del medio social en el que nos desenvolvemos. Naturalmente, no se trata de establecer una contraposición entre el conocimiento heredado y el adquirido, entre lo genético y lo cultural. Aunque todavía no sabemos cómo, ambas cosas están conectadas; en realidad, aprendemos a través de sistemas genéticamente especificados. Así pues, lo que debe inquietarnos no es el parecido genético que tenemos con el chimpancé, sino que nuestro comportamiento real, condicionado por el entorno, está a distancias siderales de nuestra capacidad potencial. Así, una persona sometida a circunstancias que le estimulen de un modo diferente al habitual suele deparar sorpresas insospechadas. En sentido contrario, una persona que se dedique a satisfacer sus necesidades básicas de un modo altamente rutinario y limite sus relaciones sociales al contacto con personas con pautas de comportamiento similares perderá parte de su potencial, y su complejidad de comportamiento se irá reduciendo hasta situarse en el nivel que requiere su supervivencia en el medio circundante. Cuando uno piensa que la complejidad potencial de comportamiento de George Bush, o la de los seguidores habituales de los programas basura de la TV, está cien veces más próxima a la que desplegó Einstein que a la que manifiestan la generalidad de los mamíferos, debe reconocerse que tiene mérito conseguir dar la impresión de lo contrario. Basta con echar una rápida mirada a nuestro atormentado planeta para concluir que todavía el genoma ocupa un lugar preeminente respecto a nuestro infrautilizado cerebro.