PARECERÍA lógico pensar que en un Estado solidario, de esos que han hecho del bienestar social una bandera, quienes más tienen, más pagan. Bueno, pues el Gobierno ha obviado esta vía para tomar el camino más fácil, el de permitir que se suban los tributos indirectos, esos que nos gravan a todos por igual, independientemente de que uno gane 1.000 o 6.000. Facultar a las comunidades para que puedan encarecer las gasolinas es indecente tal y como están las cosas. Y con la luz ocurre otro tanto. Elevar los precios de productos de primera necesidad (y el combustible lo es para muchas familias) no genera bienestar. Es, sencillamente, una argucia política porque el ciudadano no piensa que le sangra el Estado, sino la gasolinera o la eléctrica de turno.