SE DESPIDE Francisco Campos con un gesto que es de resaltar: hasta última hora defiende los intereses de la Compañía de Radio Televisión de Galicia, de la que ha sido -es todavía- director general durante los últimos años. Allá para noviembre se puede consolidar en vía jurídica la devolución al ente de 40 millones de euros, del IVA de prorrata correspondiente al período 1998-2005, excepción hecha del de 2001, que ya se devolvió a la compañía. La Voz informaba ayer con detalle de este hecho. El gesto de Campos, consecuente con su trayectoria, es de agradecer en cualquier caso y muy especialmente en el mundo de las televisiones públicas españolas. Abundan en este ambiente los directivos que se parecen a esos pasajeros de avión que se empeñan en ir en la cabina del piloto, por aquello que es desde donde mejor se divisa el panorama. La semejanza está en que innumerables responsables de estos entes públicos se asoman al mundo también desde la atalaya de la programación, que deben considerar más vistosa que cualesquiera otra tarea. Me temo que buena parte del público piensa lo mismo, ya que parece importarle más el contenido que la cuenta de resultados. Así nos va en la mayor parte de los casos: a la economía no le prestan la atención necesaria y convierten la programación en una trampa, que en general responde a la ecuación iniciativas horteras igual a mayor audiencia. Francisco Campos, que fundamentalmente no es otra cosa que periodista, se movió desde el primer día por otros derroteros, los del sentido común. Cuando llegó a su puesto, en las más altas instancias de la Xunta venían dando por hecho que el invento de San Marcos sólo seguiría adelante si resolvía sus problemas financieros. Él ha sentado las bases para que, si su sucesor tiene la misma preocupación por los números, las cosas marchen mucho mejor de como fueron en la primera década, y aún después, en aquella casa. No sería malo exportar el modelo Campos, ante tanto manirroto como hay en las televisiones públicas.