LAS CATÁSTROFES provocadas por el clima se han multiplicado por seis en los últimos cincuenta años, según datos de una prestigiosa compañía alemana de seguros. Esta información, difundida por ecologistas, ha movilizado a quienes atribuyen el actual incremento de inundaciones y otros desastres al cambio climático en el mundo. En particular, han denunciado la destrucción del 80 por ciento de las vegas de grandes ríos como el Rin y el Elba. Varios expertos en el clima han reiterado la relación directa de estos cambios con el calentamiento global y han pintado un panorama desasosegante. Lo cierto es que las inundaciones en el centro y sureste de Europa han causado más de treinta muertos y el desalojo de miles de personas, y esto, que ha hecho saltar las alarmas, ha prestado altavoces a líderes políticos (en general oportunistas, como mi admirado Schroeder), a expertos en la evolución climática y a ecologistas de plena dedicación. El futuro, visto por ellos, empieza a ser un riesgo demasiado alto. Lo cual hace muy urgente tomar conciencia del problema y adoptar medidas. No se puede seguir cerrando los ojos ante la realidad de convertir nuestra atmósfera en un basurero infecto. No tenemos derecho a la ignorancia. Ni siquiera lo tiene Bush.