Cataluña, letra vencida

| MARÍA ANTONIA IGLESIAS |

OPINIÓN

26 ago 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

EL VERANO y las vacaciones, es lo que tiene. Que se acaba el mes de agosto y ya hay que volver, de la playa a la realidad, y preparar el curso y ver cómo se pagan las deudas que alegremente dejamos olvidadas en esa incómoda carpeta que pone «pendiente» y que miedo da abrirla. Se me ocurre que algo de esto tiene que estar pensando Zapatero a cuenta de la cuestión del Estatut, que es, sin duda, su más incómoda cuestión pendiente; pero incómoda de verdad, porque a Zapatero no le queda más remedio que abordarla, que coger el toro por los cuernos, o a Maragall por el bigote, que no sé que será más difícil, porque si uno se fija bien, el bigote de Maragall es como tirando a corto y a resbaladizo. En fin, que puestos a buscarle similitudes a tan incómoda cuestión pendiente a mí me parece que Zapatero empieza a recorrer la senda del mal pagador que aparenta una cierta habilidad para sortear las exigencias de los acreedores y se ha acostumbrado a pelotear las letras de cambio. Sólo que esta vez, como suele suceder, fatalmente, en la vida real la letra está inaplazablemente vencida y ya no caben más peloteos . Tampoco de los otros, de los peloteos de pelotear , o sea, de halagar al enemigo, de prometer el oro y el moro, de marear la perdiz. Igual que le sucedió a Jose María Aznar con el PNV (y mira que me cuesta hacer esta comparación, pero no me queda otro remedio), ahora cae en la cuenta Zapatero que lo malo de los nacionalistas es que se empeñan siempre en ser, eso, nacionalistas. Con lo poco que les costaría ser cualquier otra cosa, pero no. Los de ERC han pillado carne, o hueso, y no parecen dispuestos a soltarla, a pesar de que quienes como yo ya hemos visto demasiadas cosas en política, habíamos calculado que los despachos y las moquetas que hoy pisan los abertzales de Cataluña bien merecían unos cuantos derechos históricos de menos. La cuestión es que la cuestión del Estatut es para Zapatero una inaplazable letra vencida. Tan vencida que ya no le queda sino pagarla. Imposible volver a recorrer los confortables argumentos del consenso como proyecto, porque la gente de este país ya no le admite ni un milímetro más de retórica, ni una marrullería más de gato que siempre acaba cayendo de pie. Como diría mi madre, es cosa de ir «a lo que estamos, Francisca», o sea, tiempo de sustituir la retórica por la definición del proyecto propio frente al de los demás, o sea, como si estuviéramos en los tiempos del rigor felipista y no en los del pensamiento débil que todo lo convalida y legitima. Me da a mí que Zapatero, que domina como nadie la estrategia de la supervivencia, ha decidido ir a por todas. Y está dispuesto a echarle encima a Maragall todo el partido, o sea, a Pepiño Blanco, que es lo único coherente que queda en pie después de tanta desmovilización y tanta juventud «alegre y confiada», que también decía mi madre. Sólo que, para mala suerte del PSOE (¿qué PSOE?), a Pepiño alguien con mala uva le podría argumentar, a modo de galaico lamento, aquello tan fatal del «tarde piache». (No sé yo si, al final, Zapatero será capaz de no pagar la letra, de liar al mismísimo cobrador del frac).