DE NO ser por la irrefrenable voracidad de los incendios registrados en Portugal, con 135.000 hectáreas de monte arrasadas por el fuego, España figuraría en cabeza de esta siniestra clasificación en la Unión Europea, con más de cien mil hectáreas devastadas (un 23% más que en el 2004). Las cifras de Galicia, que fueron moderadas hasta el 7 de agosto, se han disparado fatídicamente en los últimos dieciocho días, hasta superar las 34.000 hectáreas, con valles como el de Monterrei y Verín o costas como la de Carnota literalmente devorados por el fuego, en la peor ola de incendios de los últimos quince años. Un pavoroso panorama que impresiona por la pública certeza de que el 90 por ciento de esos incendios han sido provocados por la mano del hombre, como nos ha recordado el conselleiro de Medio Rural, Alfredo Suárez Canal. También él se vio sorprendido por la «intensa actividad delictiva de los pirómanos», hasta el punto de situarnos ante lo que considera ya «un problema de orden público». Nuestra situación tiene de malo que no es de ahora y que, año tras año, asistimos a una repetición inclemente de estas calamidades. Basta con echar un vistazo a los últimos 25 años en la Unión Europea para tomar conciencia cabal de la gravedad de la situación. De los doce millones de hectáreas arrasadas por el fuego en la UE, siete millones y medio corresponden a la península Ibérica. No estamos, por lo tanto, ante la coyuntura de un año adverso, sino ante el drama de una constante histórica (con picos en Galicia en los años 1990, 1995, 1998, 2000 y 2005). El fallo ha estado, con demasiada frecuencia, en que habitualmente se ha luchado contra el fuego hasta el heroísmo en el verano y luego se ha tendido a considerar la catástrofe como un hecho ocasional o aislado, como un ciclón o un terremoto. Se ha avanzado en varios aspectos, y en algunos incluso mucho, y no es cosa de negarlo. Se ha mejorado la capacidad de respuesta, pero está a la vista que no ha sido suficiente. La tierra calcinada acredita que, si ha mejorado la lucha contra el fuego, también ha aumentado la virulencia de los incendios y de los incendiarios. Lo cual nos lleva a conclusiones inevitables y no siempre fáciles de atender. Porque para ganar esta guerra hay que perfeccionar todo el sistema de ataque contra las llamas, con más personal y mejor formado, y con el material apropiado para garantizar la prevención y agilizar la detección y reducción de los focos. Evitando también los fallos de coordinación entre administraciones. La guerra contra el fuego sólo se ganará desde una conciencia clara y colectiva del drama que significa tanta destrucción. Un drama que debe concebirse en términos de cataclismo. Porque de esto se trata.