Hastío de estío

| XERARDO ESTÉVEZ |

OPINIÓN

20 ago 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

BUCEANDO en las circunvoluciones de la memoria, el verano era deliciosamente interminable. Las vacaciones, eternas, incluso terminaban por ser aburridas. Los días parecían tener más horas y el sol duraba toda la jornada porque, sin tele, nos íbamos a la cama con luz. El juego era pura aventura por calles que desembocaban de pronto en el campo y en solares sin edificar, donde las ruinas y la vegetación se abrazaban entre sí dando pie a la fantasía. Ir a la playa era toda una odisea de preparativos, y el tinto de verano y la clara todavía se llamaban vino o cerveza con gaseosa. Hoy el mes de agosto es diferente y quizá no puede ser de otra manera. La periferia marítima se abarrota, mientras el interior de la península se vacía en parecida proporción. Algo similar acontece a escala urbana en los demás meses del año, cuando la demografía metropolitana bascula a diario hacia el corazón y la cabeza de la ciudad, que se infla y se desinfla de ciudadanos según la hora y la circunstancia. Nuestra sociedad tiene una conducta gregaria en la que se utilizan más superlativos -hipermóvil, hiperactiva, hipermercado- que verbos transitivos que indiquen atención: observar, contemplar, degustar, olfatear, escuchar. La velocidad de nuestras pautas de comportamiento deviene de la excitación cotidiana con que noticias e imágenes se enfrentan y nos ponen ante opciones contradictorias. Individualistas porque es necesario colocarse un caparazón protector, y al mismo tiempo homogéneos a la hora de hacer turismo, frecuentar los locales de ocio o consumir los mismos iconos y franquicias en todo el mundo. Se idolatra el presente con una especie de bulimia, mientras se quiere saber poco del pasado y aun menos del futuro. En verano nos recreamos en un exhibicionismo social que consiste en atropellarse con los de siempre en lo más cool , luciendo celulitis y protuberancia ventral, y fabricar de paso amistades efímeras que se prometen futuro. Todo ello adobado con fiesta rachada y superlativas magnitudes de comida y bebida, como si el mundo se fuese a acabar mañana. Escaparse de las capitales del veraneo o quedarse en la ciudad vacía, lejos de las zonas repletas de esos ciudadanos globales llamados turistas, es como deambular con sumo deleite entre los edificios de una gran ruina impoluta, con las calles aún húmedas del riego de los pavimentos, donde es posible utilizar los cinco sentidos y disfrutar del silencio, de la ausencia y de la soledad voluntaria. Gozar de la solemnidad del vagar por espacios despoblados de los que te sientes dueño, o del paseo sin cita ni rumbo en medio de la naturaleza, lejos de los itinerarios temáticos y las rutas teledirigidas que ofrece el mercado. Y, mientras tanto, el mundo sigue girando con sus catástrofes e incendios veraniegos, guerras, hambrunas y accidentes, que ponen en evidencia nuestra humilde y limitada condición. No vaya a ser que, inmersos en el ocio dulce y con la mente en blanco, no quepa ni un minuto para el pensamiento, la lectura y la tertulia sobre todas esas cosas comunes, porque cuando termine el verano la voracidad laboral y el ajetreo diario volverán a abducirnos, no tendremos tiempo y nos tornaremos otra vez impermeables.