Los desastres de la guerra

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

CUALQUIERA que haya seguido las noticias del trágico accidente sufrido por las tropas españolas destacadas en Herat a través de alguna de las televisiones públicas que emiten en Galicia (La Primera, La 2 y TVG) habrá concluido que nuestros soldados realizan en Afganistán labores similares a las de los actuales misioneros, tal ha sido la insistencia en la cantinela de la operación humanitaria. Basta, sin embargo, con no cerrar los ojos para ver que lo que se estrelló en Herat fue un helicóptero blindado y artillado, ocupado por soldados bien armados, que volaba a distancia escasísima del suelo (causa casi segura del siniestro) para evitar ser atacado por alguno de los grupos que operan en la zona. De hecho, cuando los ocupantes del segundo helicóptero vieron que el primero se estrellaba, pensaron de inmediato en un ataque, lo que les forzó a un aterrizaje de emergencia con grave riesgo de sus vidas. Lógica reacción, pues nuestros soldados debían saber entonces lo que hoy sabemos todos: que el CNI había alertado al Gobierno sobre posibles agresiones a nuestras aeronaves. ¿Por qué, pues, esa insistencia oficial en la metáfora buenista de la misión humanitaria? Es fácil: porque el presidente del Gobierno se ha encontrado, de repente, en un terreno de nadie, sin un discurso con que sostener su política en la zona: la consistente en retirarse de Irak de la noche a la mañana y en aumentar, al tiempo, para contrarrestar los demoledores efectos políticos internacionales de esa precipitada retirada, nuestra presencia en Afganistán. Sin embargo, y como todo el mundo sabe, no se puede repicar y estar en la procesión. Y es que sobre la presencia militar española en Oriente Medio caben sólo dos políticas: o bien la que denuncia esa presencia como un apoyo a los intereses del imperialismo americano, denuncia a partir de la cual lo coherente es retirar a nuestras tropas; o bien la que considera que en esa zona del planeta se está librando hoy una batalla decisiva entre democracia y fundamentalismo teocrático ante la que Occidente no puede, como si tal cosa, ser neutral. Es cierto que, puestos a ello, se pueden hacer juegos jurídicos sobre el grado y/o el momento de la cobertura de la ONU mandatando la presencia de tropas en Irak y Afganistán. Pero incluso quienes más se prestan a esos juegos saben que no existe hoy motivo alguno para irse del primero de esos países y quedarse en el segundo. O, por decirlo de otro modo, que nuestras tropas hacen en Afganistán lo que hacían en Irak: intentar, con la ayuda de las armas, la pacificación de esos Estados con la esperanza de que, tras la paz, pueda llegar allí la democracia.