EL SERVICIO de toxicología del Hospital Clínico de Barcelona ha informado que semanalmente dos o tres personas ingresan en estado de coma por culpa de esa droga de diseño llamado éxtasis líquido. Este mes de agosto un turista británico moría en un hospital de Ibiza por haberla ingerido y otros veinticuatro tuvieron que ser ingresados de urgencia por la misma causa. Esto es una mínima parte de lo que sabemos, que la noche es pródiga en ocultar horrores. El éxtasis líquido es más concentrado que su hermana anterior, la pastilla y ambas circulan por los subterráneos nocturnos como agua bendita. Según me cuentan, es tan fácil la cosa que cada uno de nosotros podría montarse su propio laboratorio en casa y sacarse una buena propina exenta de impuestos, los fines de semana. Da lo mismo el veneno que se meta ahí, el caso es venderla y que el consumidor alucine hasta dejar la piel. También me cuentan que las consecuencias de algunos de los alucinógenos último modelo ya se conocen, tanto es así que parte de una generación que hoy ronda los veinticinco se sostiene en pie y sigue su curso gracias a ansiolíticos y antidepresivos bajo estricto control médico. Si no lo he comprendido mal, significa que en esas catacumbas que algunos disminuidos llaman after hours , como si la lengua inglesa absolviera nuestros pecados, se incuba una parte nada despreciable del futuro de nuestro país. Si la droga daña el cerebro cabe pensar en cómo pueden llegar a ser los descerebrados que un día lleguen a gobernar nuestro país, sea como ingenieros, fontaneros o ministros, sin obviar el nada despreciable gasto que supone y supondrá para la sanidad publica una mínima atención a los afectados, mientras los que fabrican y suministran esas emociones rápidas bucearán por las aguas trasparentes de un paraíso fiscal, en un encuentro conmovedor con la madre naturaleza. O quizá me equivoque y ese futuro que no envidio esté de acuerdo consigo mismo y actúe y se organice en concordancia con esos treinta metros cuadrados donde guisar un fast-food de razonamientos, emociones, conocimientos, derechos, deberes, compromisos, oficios y beneficios que habrá heredado y que serán la medida de todas sus cosas. Puede que el horizonte haya muerto, pero algunos seguiremos confiando en él mientras, a escondidas, nos fumamos algún que otro pitillo.