QUISO la historia, con su caprichosa didáctica, que fuese Ariel Sharon, el más fiero halcón del ejército israelí, el encargado de desalojar a los judíos de la franja de Gaza. Si Israel hubiese apostado por la convivencia de los pueblos, la vuelta de los palestinos a su tierra podría hacerse sin desalojar a los colonos. Pero, dado que siempre jugaron a la usurpación de tierras y patrias, la quiebra evidente del Gran Israel implica una victoria sui generis del pueblo palestino, en un proceso de acción-reacción que presagia nuevos conflictos. Con Sharon en el Gobierno, nadie puede negar que el Estado judío está rectificando. Por eso conviene preguntarse quién impuso el giro que se vive en Israel, o qué causas provocaron este primer desalojo de judíos hecho por judíos. Y en este punto conviene abrir los ojos a la pura y dura verdad. Ese cambio no lo impuso la ONU, cuyas resoluciones se convierten en papel mojado tan pronto como entran en Israel. Tampoco lo impuso la Casa Blanca, que lleva medio siglo chalaneando una paz que sea compatible con la gran base militar americana que subyace bajo las formas institucionales del Estado israelí. Tampoco lo impuso Europa, a quien Sharon le dio con la puerta en las narices cuantas veces lo creyó oportuno. Y menos aun lo impusieron las proclamas pacifistas de los líderes civiles y religiosos o el cerco diplomático decretado por los Estados árabes. La quiebra de la política sionista la impusieron las intifadas , con sus aledaños dramáticos del terrorismo suicida, las guerrillas, las bombas y el consecuente fracaso económico de Israel. En el contexto doctrinal en el que actualmente nos movemos, no tendremos más remedio que dulcificar las palabras y quitarle significados a la verdad. Pero lo único cierto es que el Estado más poderoso de Oriente Medio, dotado del mejor ejército, la mejor policía y los mejores servicios de información, poseedor de la bomba atómica, y dotado de un código penal que le permite actuar en cualquier país, responder a las agresiones con la ley del Talión y utilizar misiles y bombarderos para eliminar a los disidentes, ha cedido. Y una vez más se ha demostrado que no todos los terrorismos son iguales, y que hay muchas ocasiones en que la acción ciega de las instituciones engendra estos modos de lucha, sumamente eficientes, que se mueven conceptualmente entre el heroísmo y el crimen. A Sharon no le queda mucho porvenir como político. Pero le queda un enorme futuro dando conferencias sobre la imposibilidad de vencer al terrorismo con métodos militares. Porque nadie sabe mejor que él que la razón no siempre acompaña a la fuerza, ni es, por naturaleza, patrimonio del Estado.