La verdad se abre paso

| XOSÉ LUIS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

LOS EJÉRCITOS, como decía Max Weber, son organizaciones burocráticas especializadas en el ejercicio de la violencia legitimada por un Estado. Sus misiones siempre consisten en imponer por la fuerza lo que no se logra imponer por otros medios. Por eso es irracional insistir en que un ejército, metido de lleno en un conflicto armado, está en misión humanitaria. Los ejércitos pueden ir acompañados por misioneros o cooperantes por la paz, pero es imposible que aparquen su racionalidad bélica mientras permanecen en un país que los tacha de invasores y que rearma a sus guerrillas con fines liberadores. Lo que acaba de suceder en Afganistán, sea accidente o ataque, no es más que un episodio esperable en el contexto de la guerra. La desgracia de los jóvenes muertos y de sus familias es enorme, y el sentimiento de dolor por los compatriotas muertos llega a embargar incluso a los que tratamos de analizar los hechos con criterios humanistas antes que políticos. Pero no se adelanta nada si, en vez de explicar qué estamos haciendo en la guerra de Afganistán, seguimos jugando con las palabras, llamándoles misioneros a los soldados, y teniendo por una ONG a un ejército profesional que actúa al servicio de los intereses -políticos y económicos- del Estado español. El hecho de que Afganistán sea un Estado fracasado, plagado de dictadores, narcotraficantes, bandidos, fundamentalistas y señores de la guerra, no modifica las claves ni la legitimidad de una guerra emprendida por Bush como ciega venganza por el 11-S. La vida social y política de los afganos no ha mejorado en nada, y no es bueno que los españoles sigamos creyendo que hemos ido a Kabul a defender la democracia, en vez de reconocer que estamos protegiendo a un gobierno títere de Estados Unidos. Las invocaciones al patriotismo, y el apoyo acrítico a las misiones del Ejército, no pueden ocultar indefinidamente el craso error de las guerras de Afganistán e Irak. No podemos olvidar que Bush inició ambos conflictos de forma unilateral y con objetivos puramente nacionalistas, y que, aunque haya conseguido endilgarle a la comunidad internacional sus irreflexivas bravatas, en ningún caso estamos defendiendo el orden internacional, ni la democracia, ni las estrategias contra la pobreza, sino una forma de imperialismo que constituye el mayor peligro para la paz mundial. Si vamos a seguir al servicio de las coaliciones que ganan las guerras, sepámoslo de una vez. Y si vamos a buscar el botín que Aznar nos prometió, hagamos balance de resultados. Pero en ningún caso aceptemos la guerra descafeinada que Bono nos promete. Porque la muerte -de los españoles o de los afganos- no admite lecturas light .