EL PUENTE que termina con las fiestas de hoy ha sembrado las carreteras españolas de retenciones y atascos, con siete millones y medio de desplazamientos. Todo un cúmulo de experiencias. A una hija mía le tocó la salida de Madrid hacia Galicia, con varios kilómetros de atascos. A mí me correspondió sufrir la sobrecarga de las vías costeras pontevedresas y, acto seguido, la densidad renqueante de las del norte, con Foz en fiestas y muy buen tiempo. Unos luminosos en las carreteras nos han recordado machaconamente los 48 muertos del fin de semana anterior (ocho más que en el 2004). Y el director general de Tráfico, Pere Navarro, no se cortó un pelo al anunciar 50 muertes para este puente, que es, dijo, el fin de semana más complicado del año, con los factores de riesgo habituales multiplicados. Si a todo esto sumamos los nuevos y viejos radares que nos vigilan y las nuevas y viejas multas que engordan su cuantía, nos encontramos ante un panorama del tráfico rodado que parece amedrentador. Nos cuesta creer que el hecho de elevar a infracciones graves el uso del teléfono móvil mientras se conduce o el viajar sin ponerse el cinturón de seguridad «responde a la demanda social y la preocupación ciudadana por los accidentes de tráfico», como asegura Pere Navarro. Pero hay cosas en las que tiene mucha razón. Y una de ellas es sin duda la que hace referencia a una nueva forma de afrontar los viajes por carretera. Somos tantos y tan coincidentes en días y horas los que nos ponemos al volante en esta España que cada vez tiene más volantes que es necesario aprender a moverse de otro modo. ¿Cómo? Empezando por planificar el viaje para liberarse en lo posible de obstrucciones y embotellamientos. Luego, relajarse y disfrutar de una conducción descansada y agradable, que permita incluso enterarse del paisaje. Después, ya en el destino, no ceder al alcohol ni confiarse en los recorridos cortos y a deshora. Porque lo importante es volver. ¿Todo esto es tan fácil de lograr? No, porque venimos de malas costumbres. Por eso muchos están asustados. Porque hay que aprender a conducir de otro modo y olvidarse de las prisas y de las altas velocidades.