SIENTO no haber regresado a tiempo para compartir la emotiva toma de posesión en la Plaza del Obradoiro. Por lo que me dicen y he leído, fue un acto sobrio y cálido al mismo tiempo, con música clásica, gaita, color y poesía. El discurso comedido del presidente de la Xunta de Galicia empujaba a la ilusión. Previamente había reconocido la labor institucional de su predecesor, recibiendo el testigo con elegancia. La coalición entre socialdemócratas galleguistas y nacionalistas democráticos -diría constitucionales- implanta la cooperación y la lealtad como instrumentos de trabajo. Ya no pueden ir por libre. La coincidencia entre las formaciones se ha de producir en el desarrollo y modernización de la economía, y también en el aporte de una dimensión cultural al cambio del medio físico. Y ahí aparece el territorio, no como un epígrafe del pedigrí identitario, sino como una pieza esencial que necesita protección y también transformación, basadas en una nueva cultura capaz de acompasar con inteligencia los motores inmobiliario y turístico con la sostenibilidad, la buena factura urbana y la arquitectura de calidad. Como bien saben las conselleiras de Política Territorial y de Vivienda, éstas no son peroratas de progres o estetas, sino las garantías de nuestro futuro inmediato. Consellerías que, por cierto, a la vista del reparto de competencias, tendrán que trabajar conjuntamente, porque no hay vivienda sin plan. La vivienda no es un servicio de asistencia social más; es la forma principal del habitar a partir de la cual se crea el fenómeno urbano. Es, por lo tanto, habitáculo, lugar, entorno y moradores. La Voz de Galicia introdujo hace ya tiempo un debate sobre el deterioro físico de una Galicia que despertó al progreso haciéndose daño a sí misma en su paisaje. Llámesele feísmo, fealdad, deterioro o estropicio, la iniciativa valió para dar un toque de atención que, según creo, ha llegado más a los ciudadanos que a la política. Ahora es el momento de dar el paso. Ideas y política desde el gobierno para las ciudades y para los conjuntos urbanos, con planeamiento de más calidad y capaces de superar localismos separadores y trasnochados. Ideas y política también para las dos Galicias con simetría descompensada, la más rica y desordenada y la más aletargada y mejor conservada. Discurso, filosofía, gobernación y voluntad para crear una vieja-nueva identidad territorial sin fronteras, que en lugar de mirarse el ombligo abra puertas y ventanas y aplique el sentido profundo de la palabra tradición: transmitir el legado del pasado a través de la construcción del presente y la perspectiva de futuro. La política se puede hacer de dos maneras: ajustando la potencialidad de un país y sus energías a la medida de la capacidad o la falta de ambición del gobernante, o bien soñando su transformación, con propuestas arriesgadas o incluso utópicas que luego se irán modulando y concretando en la gestión. El presidente Touriño, con el que trabajé durante varios años en proyectos fructíferos en los que pocos creían al principio, y su Gobierno tienen ante sí el desafío de convertir en realidad para y con todos nosotros la ilusión que vibró en las cuerdas de la Real Filharmonía, en el punteiro de Suso Vaamonde y en la voz de María Pujalte el 2 de agosto del 2005.