SALGO ahora mismo de vacaciones. En cuanto acabe esta columna me voy al aeropuerto. Los días previos a la salida siempre son un disparate, una torrentera de aguas salvajes que bajan tropezándose en mil rocas: las mil cosas que hay que dejar hechas antes de alcanzar el avión o el tren o el garaje de tu casa. Corres, subes, bajas entre un coro de voces que te dicen: «Que-descanses-que-disfrutes-pásalo-bien». Ocurre que descansar, disfrutar y pasarlo bien dependen mucho de lo que dejes por aquí, cociéndose, en la familia, entre los amigos, en el trabajo. Al final, lo que inquieta nunca se puede dejar, es como un tatuaje en la piel del alma. Y está bien así, con tal de que no nos obsesione. El descanso concebido como huida es cosa de cobardes y, además, no descansa. Huir siempre es de cobardes, salvo en unos pocos casos en los que significa prudencia y sensatez ante el peligro innecesario. Huir en vacaciones, también. El que sale de estampida, escapando de su propia conciencia, empieza por dejar al perro en la calle -les ocurre a miles en estas fechas- y termina arrumbando a los abuelos. Más les valdría, para eso, quedarse en casa. Descansarían más, disfrutarían el doble, lo pasarían mejor. psanchez@udc.es