HOY SE cumplen sesenta años del lanzamiento de una bomba atómica sobre la ciudad japonesa de Hiroshima. Cuarenta y tres segundos después de que el bombardero B-29 Enola Bay la dejase caer, empezaba el enorme impacto letal, que elevaría el número de víctimas mortales a 200.000. Los testimonios que hemos podido conocer a lo largo de los años han sido estremecedores. Incluso el propio «padre» de la bomba lanzada, Robert Oppenheimer, abominó de su creación, al identificarla con la muerte y la destrucción del mundo. Las argumentaciones estadounidenses eran conocidas: la Alemania de Hitler estaba derrotada, pero Japón no se rendía. La II Guerra Mundial no acababa de terminar. Los bombardeos de Hiroshima y, tres días después, de Nagasaki le pusieron punto final. ¿Decisiones militares acertadas? Decisiones brutales, en cualquier caso; de ésas que nos recuerdan que no hay ningún escenario peor ni más pavoroso que el de una guerra. Un suceso escalofriante. Y un progresivo olvido que va creciendo con el paso de los años. Hiroshima, mon amour, es hoy una ciudad reconstruida, en un país próspero y floreciente. Pero las generaciones venideras deben de saber que un día fue una página del Apocalipsis. Un día que no debe repetirse jamás.