SI LA envergadura de los cambios hubiera de medirse por lo que prometen sus autores, el que acaba de comenzar en Galicia será histórico. Tal y como lo describen las Bases programáticas acordadas por el PSdeG y el BNG, ayer se habría cerrado «un período de Goberno que trouxo regresión económica e social, restrición das liberdades democráticas e perda dos nosos sinais de identidade nacional», y se habría abierto otro, en su lugar, en el que «Galicia emerxe democraticamente e con ela un país novo, aberto e solidario, orgulloso da súa personalidade e convencido das súas potencialidades». Asusta pensar que del cambio de bando de ¡un solo diputado!, que -para más inri- pudo haberse debido a los votos de electores que nada saben de Galicia, dependía, nada más ni nada menos, que la sustitución de ese país abierto, solidario, orgulloso y convencido de sí mismo por otro con su economía, libertades y señas de identidad en peligro de extinción. ¡De la que nos hemos librado! Salvo, claro, que las cosas sean, como acontece casi siempre, algo diferentes. De hecho, y con muy raras excepciones, todos los gobiernos democráticos tienden a ganar, vistos desde la perspectiva de la historia; y a perder, vistos desde la de sus expectativas de futuro. Suárez fue primero el tahúr del Mississippi y luego ya, para siempre jamás, uno de los padres de la España democrática; González ha ido dejando de ser, pasito a paso, el del paro, la corrupción y el despilfarro, para ganarse el justo puesto de constructor de nuestro Estado social y federal; Aznar, en fin, continúa siendo en gran medida todavía el del Trío puñetero, pero, con el tiempo, se le reconocerá su decisiva contribución al fin de ETA. También Fraga, quien pasará, antes o después, de ser el responsable de la regresión de nuestra economía, identidad y libertades, a conformarse como una pieza básica en la consolidación de la autonomía de Galicia. Como gobernante, Touriño es, de momento, una expectativa de futuro. Está inédito , como les gusta decir a los enemigos de la lengua castellana. Por eso, a un día de haber prometido su cargo como presidente de la Xunta todo lo que proyecta es esperanza. Esperanza de que sepa impulsar las potencialidades de una Galicia democrática que no nació el día 19 de junio, sino hace casi treinta años. Y esperanza de que ese país nuevo, abierto y solidario -que no es mérito ni de quienes ahora llegan al Gobierno ni de quienes acaban de dejarlo- encuentre el mejor camino para asegurarse un buen futuro. En ese empeño nadie debiera regatear su apoyo al nuevo presidente. Para ese empeño yo le deseo, desde aquí, acierto y suerte. Información en las páginas 2 a 4