HA MUERTO una persona y eso merece respeto. Pero no lo que representa, su figura como monarca feudal con nuevas tecnologías, ni su régimen político, esa Arabia Saudí teocrática que fomenta el fundamentalismo criminal o las versiones más reaccionarias y obsoletas del Islam, en el que el adulterio femenino se paga con la muerte. El rey era un paradigma excesivo y esperpéntico del fenómeno monárquico, desnudo de los camuflajes morales en los que se recubre en otros lugares. No sabemos qué consecuencias puede tener sobre la estabilidad de Oriente Medio ni menos sobre su extensa familia de parásitos. Quizás se revise su apoyo al fundamentalismo, pero ojalá los abandonados del mayoritario Islam miserable reflexionen sobre los motivos de su atraso: grifos de oro para ocluir excrementos.