LA FLEMA, sea británica o inframundana, es tan propia de los flemáticos como la neurosis de los neuróticos y la paranoia de los paranoicos. Eso quiere decir que no es la flema lo que produce el catarro, sino el catarro, la flema. De un modo parecido, si el neurótico se queda en casa sin mover un músculo ni decir ni mu, tendremos pocas noticias, si alguna, de la neurosis, y podremos decir que tenemos controlada la neurosis. En cuanto al paranoico, la cosa se pone un poco más difícil, pues el paranoico suele estar en los puestos de control y, entonces, es él quien define la paranoia y mide la dosis de paranoia que podemos soportar e incluso la que mejor le sea al estado general de la salud y la que más convenga a la Salvación Pública. Robespierre, sin ir más lejos, estuvo al frente del Comité Revolucionario de Salvación Pública, para el que todo extranjero era sospechoso, sin que la circunstancia de no ser extranjero atenuara, por sí misma, la sospecha. De hecho, fue ese comité el que le cortó la cabeza a Robespierre. Uno de los aspectos más interesantes y entretenidos de la política es que provee de ejemplos para todo, y es capaz de producir lecciones de cualquier cosa. Así es la cosa. Así somos. De manera que si es usted presa de una neurosis, u objetivo de una paranoia, y en función de una u otra se siente en el oscuro deseo de morir o de que le maten, puede optar por viajar en el transporte público londinense o ponerse a corretear por las calles de Londres. Casi se podría decir que, si el oscuro deseo es muy insistente o acuciante, más le vale corretear y hacer aspavientos por las calles de Londres, pues en el transporte público la muerte tiene la probabilidad de la metralla, mientras que en las calles la muerte cuenta con una posibilidad indudable, pues cinco tiros en la cabeza no dejan lugar a dudas. Así que la flema, según este orden de cosas, no consiste en preguntar primero y actuar después, sino en actuar primero y responder, después, lo que al controlador de la paranoia se le ocurra. Una vez puesto en semejante manera de vivir, el ciudadano se ve en el brete acostumbrado, es decir, en el de buscar y hacerse con el consuelo que mejor le quepa, sea por donde sea que le quepa. Puede, por ejemplo, aferrarse a los principios que le llevan a no mentir en la declaración de impuestos, y pensar que hay una diferencia entre los terroristas y el Gobierno. Ante las circunstancias sobrevenidas, los terroristas pueden estar partiéndose de risa, mientras que al Gobierno no le llega la ropa al cuerpo. Un Gobierno al que la ropa no le llega al cuerpo es, bajo esa condición extraordinaria, lo más parecido al ciudadano en sus condiciones ordinarias. Y las condiciones ordinarias del ciudadano no son las de dar lecciones. De ahí, entre otras cosas, la razón que vibra en las palabras de la vicepresidenta Fernández de la Vega al decir que «el PP no está en condiciones de dar lecciones a nadie». Sí, señora, en efecto. Ni el ciudadano ni la oposición suelen estar en condiciones de dar lecciones. Quien está en esas condiciones es siempre el Gobierno. Por eso metió la pata el PP en el Gobierno, la está metiendo el PSOE, y no da la impresión de que Tony Blair sepa bien por dónde va a sacarla.