El cambio llega a la Quintana

OPINIÓN

ANXO Quintana, que ya luce look de vicepresidente, está administrando sus discursos con singular maestría. En la alocución previa a la firma del pacto de gobierno, ante el auditorio más granado de la nueva Galicia, dijo todo lo que tenía que decir, no habló de nada que no fuese esencial en aquel histórico momento, y mantuvo un perfecto equilibrio entre las tres fases de su mensaje: la que reivindica las posiciones históricas del BNG y anima a sus militantes a seguir en la brecha; la que define los equilibrios internos del nuevo poder, sin ninguna estridencia pero con toda la firmeza; y la que muestra la nueva imagen institucional del Bloque, que ahora se enfrenta a la enorme responsabilidad de cogobernar el país con los mismos niveles de exigencia cívica y ética que se impuso en la oposición. A pesar de sus magros resultados, Quintana y el BNG se han convertido en la imagen y la evidencia del cambio. Y por eso estoy seguro de que una enorme nostalgia, preñada de sentimientos contradictorios, va a flotar este mediodía sobre las losas de la Quintana. Faltará Beiras, el gran Moisés que condujo al nacionalismo gallego desde los desiertos montaraces hasta la puerta de la tierra prometida. Muchos militantes harán esfuerzos imposibles para recuperar las formas de la vieja protesta, que ahora yacen desdibujadas bajo canas madrugadoras y barbas atildadas, detrás de revisiones ideológicas apenas disimuladas, y con la pátina de un cuarto de siglo de historia vertiginosa, que dejó a Galicia casi desconocida. Todos tendrán conciencia de que la manifestación de hoy cierra la crónica del nacionalismo romántico y eternamente protestón, para abrir la etapa de la responsabilidad institucional. Todos saben que una manifestación hecha desde el poder pierde autenticidad y sentido. Y todos empiezan a temer que el mitin anual de la Quintana se convierta en una especie de Aberri Eguna que, lejos de servir para que el pueblo grite sus demandas e ilusiones, sea utilizado por el poder para dictar sus consignas. El acto de la Quintana siempre fue el contrapunto de la fiesta oficial del Obradoiro. Allí la ofrenda y aquí el mitin. Allí las tropas y el delegado regio y aquí el pueblo gallego y su república. Allí la iglesia, revestida de pontifical e incienso, y aquí los pancarteros sudorosos y afónicos. Pero nada será igual cuando el vicepresidente acuda a la Quintana después de oír misa y con escolta. Y es al propio Anxo Quintana a quien le corresponde hacer esta difícil transición desde las losas de la calle a las alfombras del palacio. Un reto tan difícil e importante como el de gobernar. Porque de eso depende, en buena parte, el futuro del país.