Ecología y Europa

| MARÍA ANTONIA IGLESIAS |

OPINIÓN

22 jul 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

CON SUDOR y lágrimas (afortunadamente sin sangre) regresó España a la democracia hace ahora tan sólo treinta años. Quizás sea ésta la razón por la que nuestra cultura cívica y nuestros comportamientos políticos dejan mucho que desear, todavía, a pesar de que hayamos dado pasos de gigante en lo que a los valores de la modernidad y la tolerancia se refiere. Pero hay que reconocer que en ocasiones nos sale (a unos más que a otros) eso que en Madrid se conoce como el pelo de la dehesa, que no es otra cosa que una compulsiva intolerancia no exenta de guerracivilismo, tan pernicioso, tan peligroso aún. Los desgraciados sucesos de Guadalajara son ejemplo elocuente de nuestra perniciosa inmadurez democrática, que, a lo que se ve, no acabamos de superar. Sería inadmisible no situar tanto dolor y sufrimiento como el provocado por tantas muertes, tantas vidas devoradas por las llamas, tanta impotencia, tanta estulticia. Pero, precisamente por eso, la verdad es que causa asombro e irritación el comportamiento de nuestra clase política, de nuestros dirigentes, que en estos días aciagos han demostrado estar a años luz de los comportamientos de sus colegas de la vieja Europa, a la que se supone que pertenecemos. Una Europa que debe de estar contemplando atónita el espectáculo bochornoso de una clase política que emplea sus mejores energías, sus más denodados esfuerzos, no en buscar soluciones de futuro para garantizar a los ciudadanos que no puedan volver a repetirse sucesos como el de Guadalajara, sino en tirarse los trastos a la cabeza unos a otros y en buscar cualquier resquicio para el aniquilamiento del adversario; sin excluir la agresión física, por increíble que parezca, como bien lo dejó claro un diputado del PP famoso, hasta ahora, sólo por sus excesos verbales. Porque la bronca política entre el PP y el Gobierno, «la pelea de los políticos», como denuncia de forma sencilla la gente sencilla, brotó cuando las llamas de fuego devastador aún no se habían extinguido, cuando los muertos ni siquiera habían recibido sepultura. Lo cual ha provocado una lejanía, un rechazo y una beligerancia por parte de los familiares de las víctimas, de los ciudadanos de a pie, sólo comparable a lo imposible que resulta esperar que esos ciudadanos y esos familiares puedan soportar ni un minuto la jerga en la que les han hablado los políticos. Unos políticos que son el pilar de la representación democrática que tenemos y que no pueden, no deben, acabar convertidos en las víctimas colaterales de un pernicioso amarillismo que, inconscientemente, está alimentando la oposición que hace el PP. Y si para colmo la demagogia se aplaza explícitamente a la finalización de un acto religioso donde los unos y los otros se han visto obligados a darse la paz, la cosa llega a resultar cínica e insoportable hasta la náusea. Por su parte, el Gobierno intenta sofocar el fuego de la indignación popular (del pueblo, que no la del PP, que es insaciable) echando sobre el drama de Guadalajara unos cuantos cubos de agua. La enérgica decisión de prohibir hacer fuego a los horteras depredadores de la barbacoa sólo en zonas restringidas, como si el fuego tuviera capacidad de actuar de forma selectiva y no tuviera la condición de extenderse, suena a grosero parche, a cálculo miedoso. Miedoso... ¿de qué? También en cultura medioambiental, en comportamientos ecológicos, España mantiene una distancia abismal con las políticas de las viejas democracias europeas, sabias por viejas y por capacidad para valorar lo que no tiene precio: la naturaleza. Gobierno y oposición deberían tener conciencia de que ser europeos es algo más que salvar un referéndum.