Conversión de Che Guevara

| RAMÓN CHAO |

OPINIÓN

HACE exactamente cincuenta y cuatro años, Ernesto Guevara, a los veintitrés años, se convertía al comunismo en Venezuela, segun él mismo cuenta en El viaje en moto , libro que acaba de salir. Si en algo nos parecemos Guevara y yo es en el viaje iniciático que realizamos casi a la misma edad; yo, un poco más joven. También le gano en el medio de transporte. Él se fue, acompañado de Albert Granados, en una Norton 500 llamada pomposamente la Poderosa, con la que pretendían ir de Argentina a Estados Unidos, pero se les quedó empantanada en Chile. Debieron proseguir el viaje en autobuses, camionetas e incluso en mulo. Mi modesta Lambretta 125 soportó con valentía los miles de kilómetros que van de París al cabo Norte, ida y vuelta, y la continuación París-Galicia-París. No sabía esto el editor que me pidió el prefacio del libro en francés, pero seguro que mi experiencia me ayudó a comprender las respectivas peregrinaciones. Se proyecta ahora una película realizada por Walter Salles que recrea la aventura de Granados y Guevara , interpretado éste por Gael García Bernal. Hace un par de años Walter Salles me pidió que le pusiera en contacto con mi hijo Manu para que le compusiera la música del film. Traté de hacerlo, sin resultado: Manu es un auténtico desaparecido, un clandestino sin teléfono ni dirección fija. Lo digo porque me llueven las peticiones de esta índole, como si yo fuera no ya su padre, sino su patrón. Al contrario, ya me di cuenta de que es contraproducente: «Papá, no me metas en líos, que bastantes tengo yo», me dice y repite el muy desalmado. Cuando me dispuse a escribir el prefacio de este libro me pareció oportuno hablar con Régis Debray, que estuvo con el Che en las montañas bolivianas, y antes con Fidel en La Habana. Le pregunté qué diferencia había percibido entre ambos. « Mira, Ramón -me explicó Régis-. Cuando el triunfo de la Revolución juzgaron a numerosos partidarios de Batista: funcionarios corruptos, torturadores y otros de igual calaña. Siempre había súplicas de sus allegados implorando clemencia. Ernesto era inflexible: si habían sido condenados, era obligatorio aplicar el castigo. En cambio, las peticiones que se hacían a Fidel tenían a menudo un resultado feliz, porque el condenado era primo de un hermano o cuñado, sobrino de tal o cual y el líder máximo terminaba por ablandarse. Lo que pasa es que a Fidel le tocó el peor papel, guiar el destino del país, mientras que al Che se lo llevaron pronto los dioses, como a los elegidos». De los dos viajeros, el político, el comprometido contra la dictadura peronista y miembro del partido comunista de Argentina era Alberto Granado. En cambio, Ernesto Guevara, estudiante de medicina, era el clásico representante de la beat generation, llamada también la generación del silencio para señalar su falta de compromiso social. De modo que se trata de un viaje de placer. Guevara empieza su relato en estilo lorquiano: «La luna llena se perfila sobre el mar y cubre las olas de reflejos plateados». Enseguida, en contacto con la gente y con la vida, su prosa adquiere un tono preciso, popular, incluso picaresco. Cuenta cómo se hartaban de comer cuando los invitaban, de qué formas se arreglaban para obtener dinero, cómo pudieron defecar desde el primer piso en los tomates del posadero... En Venezuela le llega la revelación. Oye fascinado a un personaje centroeuropeo que predica un cambio social completo: «El futuro pertenece al pueblo, que conquistará poco a poco el poder, aquí y en toda la tierra». Este iluminado misterioso le augura un porvenir dramático y místico dentro de una revolución: « Todos los inadaptados, tú, yo, moriremos maldiciendo el poder que ayudamos a crear, a veces con grandes sacrificios, pues la revolución, en su forma impersonal, te absorberá la vida. Y es más: utilizará tu memoria como ejemplo e instrumento de sumisión para las juventudes futuras ».