JOYCE, para apuntar que el mar de Dublín estaba muy frío lo adjetivaba «escrotogalvanizador». Nada tiene que envidiar Vigo a Dublín en cuanto a frialdad marina ni como matriz urbana en la que cada cual es libre de reinterpretar una y otra vez la fuga de sí mismo. ¡Ah, la libertad! Ese viaje al fondo de la noche en el que nunca se llega a buen puerto por culpa de tanta sirena varada, de tanta nostalgia de los atlantes, de tanto hijo espiritual encontrado al tomar la tercera copa. Me lo dijo Pedro Arias, los vigueses están locos pero son la sal de Galicia. Kid Ulises Puialto es uno de esos entrañables y salerosos locos. A los veinte años fue boxing sparring en Barcelona y con la sangre de sus cejas rotas pagó la carrera a cuatro amigos. Ahora duerme en el Breton I, amarrado en el Náutico de Vigo. Frente al desaparecido Bar Comercio, donde caprichosamente algunos sitúan al mítico Navy Bar cantado por Manoel Antonio, pero cuya verdadera localización la da Pierre Mac Orlan en Le chant de l¿équipage . Hasta los ríos más fatigados acaban por encontrar el mar aunque yo levé anclas en singladura nocturna con Kid Ulises Puialto y, la verdad, aún no hemos vuelto a casa ni creo que jamás encontremos el camino de retorno. Total, para qué. ¡Ah, la libertad! El primer náufrago al que echamos la estacha fue Fernando Furatubos . Fernando es bebedor solvente, de los que nunca hablan de sus penas, que son muchas. Fontanero de profesión, en realidad vive de cazar aguaneiras, ratas anfibias gigantescas que tienen una piel muy suave en la membrana intersticial. A las señoras de la burguesía local, otrora llamada sardinocracia, les encantan los cuellos de abrigo forrados con piel de aguaneira. Tuvo suerte Leopold Bloom de no haber bebido en Vigo. Porque además de perder para siempre el camino de retorno habría compartido el dudoso honor de habitar la ciudad con las ratas más grandes de todo el Atlántico «escrotogalvanizador». Con este currículo no es extraño que Vigo fuese durante mucho tiempo cantera abundante y selecta del Grapo y lo sea ahora de camisas azuis lusistas. Furatubos está enamorado de mi prima Margaret Newstreet-Soutton, y aunque sabe que es un amor imposible no para de tararear, sin descolgar el cigarrillo de la comisura de la boca, «Te voy hacer un rosario con las cuencas (sic) de marfil¿». Primero fuimos al Adro a que Fátima nos azotara dialécticamente con su lengua viperina. Nos estuvo bien empleado por beber mencía y meternos en un local de afiliados al BNG, si bien es cierto que a Fátima se le perdona todo. Y, sin embargo, a mí Penélope, digo Molly, digo que ni miento ni me arrepiento, no me perdona nada. Ni en Vigo ni en Dublín. ¿Qué mujer no pasa la vida tejiendo de mentiras el tapiz con el que torea a todos los Ulises que le salen al paso? Esas son astas y no las de Islero. Después recalamos en el Nos algo desarbolados pero dando el pecho como Fraga en Palomares. Qué hermosos son los solitarios del Nos, y sobre todo las solitarias, con sus almas tatuadas de lágrimas. Hay en el puerto de Vigo un velero cariñoso en el que se imparten las mejores clases de navegación de toda Europa. Su capitán tiene la voz grave de los boxeadores pobres, decentes y valientes. También es dueño de una de las inteligencias con pegada más demoledora que cabe echarse a la cara. «Entre la neblina, / trasponiendo mi mirada, / se esquivó el velamen. / Nos dejó la bahía/ llena de ausencia/ y la mañana sin perspectiva/». Maldito Manoel Antonio, ¡qué bien escribías!