Correr

BLANCA RIESTRA

OPINIÓN

11 jul 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

EN MADRID yo salía a correr un poco más tarde. Era por el parque de Manuel Becerra, a eso de las once de la noche, esquivando perros y sobre un calor tórrido de infarto fulminante. Y es que, cuando uno se acostumbra, correr se convierte en una droga: adonde quiera que vayas te siguen tus zapatillas de deporte. La semana pasada, en Pontevedra, corrí por la Alameda, cerca de la calle Riestra, no lejos del instituto donde estudiaron mi padre y mi amiga Inés, donde enseñó Filgueira Valverde. Ahora, en La Coruña, corro al atardecer por los muelles desiertos y la sensación es otra. Huele a pescado y los galpones vacíos parecen naves espaciales. Escucho a David Bowie, miro el mar detenido como aceite negro y salto por encima de las redes puestas a secar. A veces esquivo alguna grúa o un coche del puerto pasa dando bocinazos. Por las noches hay muchas descargas en el puerto y, cerca del Náutico, una hilera de aficionados a la pesca, sentados en sillas plegables, se deja embalsamar por el silencio de los peces. Yo corro, corro como si me fuese la vida en ello, y escucho Ziggy Stardust. Es como si correr me diese serenidad. ¡Gran cosa la serenidad cuando nos falta! Corro como si corriendo venciera un resorte interior indefinible, como si corriese dentro de mí misma. En una burbuja que no avanza, hecha de carne y de aire vuelto del revés. Correr para no llegar a ningún sitio. ?