Ataque a las libertades

JOSÉ MARÍA CALLEJA

OPINIÓN

LA POLICÍA inglesa había impedido en varias ocasiones anteriores que se consumara la masacre que ayer cambió la vida de Londres. De forma implacable, el terrorismo trata de doblegar a las democracias que lo combaten con las dos armas que constituyen su razón de ser: la muerte y la propaganda. Londres se levanta con la feliz resaca de haber sido elegida para organizar los Juegos Olímpicos del 2012, Tony Blair aparece exultante, recibe a los hombres más poderos del mundo en Escocia, toda la potencia mediática del planeta globalizado se concentra en Gran Bretaña y..., justo en ese instante cenital, los terroristas colocan su anuncio publicitario de obligada y gratuita inserción en todos los medios de comunicación. El atentado, la propaganda por los hechos, consigue su máxima eficacia: cuantos más medios están dispuestos a reproducir la masacre, más dividendos obtienen los terroristas. Matan, luego existen. Duele por eso oír comentarios y leer mensajes en Internet de gentes, presuntamente razonables, que establecen una especie de justicia poética en este atentado brutal: es la revancha de los pobres contra los prepotentes; es el pago que merecen los que mandan en el mundo, dicen. No sé qué entendederas tan perversas hay que tener para ser capaz de verbalizar o escribir semejantes desatinos, pero hay más gente de la que uno piensa dispuesta a no ver lo evidente del ataque frontal a la democracia y a echar la culpa del atentado a las víctimas. No tenemos en la matanza de Londres las imágenes espectaculares del 11-M en Madrid. Tampoco el impacto casi irrepetible del avión que traspasa una de las Torres de Nueva York el 11-S, mientras algunos desesperados se tiraban por las ventanas. En ese sentido el atentado de ayer es menos televisivo, menos eficaz para los deseos de los terroristas. Hay aquí un punto de sosiego en los testimonios resignados de los heridos que, con la cara ensangrentada, enhebran excelentes y pausados relatos de lo ocurrido. Ha habido un apagón informativo desde el Gobierno inglés. Conscientes de que el éxito de los terroristas reside en buena medida en la forma en que reaccionan aquéllos a los que se quiere aterrorizar, Blair ha hecho una breve declaración institucional y ha frenado y dosificado las cifras de víctimas en un intento por controlar los tiempos y evitar el pánico añadido de la contabilidad de muertos. La mejor respuesta al terrorismo será sin duda la reacción de todos los países democráticos, sin fisuras, sin dar a entender que esto les pasa a unos, en parte por su culpa. Malo sería que al impacto le sumáramos el efecto de análisis perversos, de idiotas morales o de tontos de Mónaco.