LA VIDA es como una caja de bombones, nunca sabes lo que te va a tocar. La frase, celebérrima, es de Forrest Gump o, mejor dicho, de su madre, pero le va como un guante a Franciño, a Fran Vázquez, el gallego que nadie conocía hace cinco años y que hoy está en el camino de ser nuestro paisano más mediático, uno de los mejor pagados y, probablemente, un ídolo mucho más allá del telón de Grelos. Es posible que Fran nunca soñara con la NBA desde su pequeña aldea de Carballedo, uno de los municipios más hermosos de Galicia pero, en general, más triste que un disco de Coldplay, donde las canastas a las que lanzar un balón hace unos años debían ser de una proporción de una por cada 1.000 habitantes o tal vez menos. Las posibilidades de que aquel chaval se convirtiera en lo que ahora está empezando a ser eran tan improbables como que el sol salga esta noche. Pero ocurrió y Fran Vázquez, Franciño, está ahora negociando un contrato de seis millones de dólares porque cuatro casualidades se unieron a su talento y a su tesón contra todo pronóstico. Así pasan a veces las cosas, completamente ajenas al fluir normal de la vida. Sería imposible para mí expresar cuánto me ha alegrado la alucinante peripecia de su carrera. Por él -a quien no conozco-, pero sobre todo por la maravillosa confirmación una vez más de que cualquier cosa puede ocurrir, aunque sea un sueño disparatado y alejado de cualquier posibilidad real.