GIULIO Andreotti, que también fue algo así como un entrañable abuelete político, pero en italiano, dijo en alguna ocasión que «el poder desgasta, pero sobre todo para los que no lo tienen». Andreotti, con una longeva experiencia en las instituciones hizo tal declaración tras uno de los muchos contratiempos que hubo de superar. Los ganadores pero perdedores de las autonómicas gallegas, se enfrentan ahora a una etapa en la que también van a poder comprobar la idea de Andreotti. Que también estar del otro lado produce desgaste. Que tener que asistir como espectador a lo que acontece en el país, sin capacidad de decisión, también cansa y debilita. Y, sin embargo, han de saber que esa es una labor que aunque pueda parecer desdeñable, tiene una extraordinaria importancia. Y que es la que se les ha encomendado. Porque si los residentes presentes, asistentes y vigentes; los residentes ausentes y los domiciliados, afincados y asentados decidieron lo que decidieron fue porque entendieron que lo que Galicia precisa es que un gobierno de coalición tome las riendas. Pero también decidieron que don Manuel y los suyos colaboren para que ese proyecto vaya adelante. La escasa diferencia de diputados aclara cuál es el deseo. Tenemos la sensación en este país, de forma especial en los últimos tiempos, de que si te mandan a la oposición, toda tu labor ha de consistir en poner palos en la rueda. No hay más que ver lo que hace el anterior en Georgetown, o Mariano en Madrid. Y eso resulta intolerable. Ver a quien hasta ayer estuvo gobernando, censurar lo mismo que él hizo dos días antes, es irritante. Por eso hay que esperar que, cuando don Manuel dijo que iba a estar como jefe de la oposición «hasta el último suspirito», lo haga con la responsabilidad que le suponemos. Y que guíe a los suyos por ese mismo camino. Evitando desmanes y excesos tan propios en ellos.