SI LOS CURAS españoles hubieran puesto en la lucha contra el terrorismo nacionalista vasco la mitad de energía que están empleando ahora en luchar contra los matrimonios de homosexuales, hace años que viviríamos en libertad y en paz en aquella tierra. Si en 2000 años la Iglesia española asegura que no ha visto nada igual que el supuesto atropello que supone que se casen dos hombres o dos mujeres, no nos podemos imaginar el nivel de desgarro -silencioso, desde luego- que habrán suscitado en esta misma jeraquía de la Iglesia, no sé, los campos de exterminio de Hitler o Stalin, las deportaciones masivas o el hambre en el mundo. Está ahora buena parte del clero español con la cacerolada y la boina en la calle y esto no deja de chocarnos a los que, durante años, hemos oído de boca de los curas que nos daban clase de religión que el reino de la Iglesia no era de este mundo y que, por tanto, nada tenían que decir, por ejemplo, respecto de las arbitrariedades de la política franquista bajo palio. Está bien que todo ciudadano, curas incluidos, que tenga algo de que quejarse lo haga por los métodos que considere oportunos; siempre y cuando no empuje al vecino o no se salte la legalidad. Pero no puedo dejar de imaginarme lo útil que hubiera sido para la lucha por la libertad una manifestación como la del pasado sábado, convocada, pongamos, en Hernani; digamos, en 1980; llena de gente enardecida por el reiterado incumplimiento del quinto mandamiento (que, para los que no lo recuerden, dice: no matarás). ETA se fundó un 31 de julio, día de San Ignacio de Loyola, de 1959. Fue el 31 de julio también la fecha elegida por aquella luminaria del pensamiento occidental -ha acertado, lector, es Sabino Arana- para inaugurar el batzoki de Arrigorriaga, que como toda la humanidad conoce es la Covadonga del nacionalismo vasco. ETA tiene en su nacimiento una impronta católica, se nutre de muchos curas en sus orígenes y algunas de sus reuniones se realizan al amparo de sacristías. En Euskadi hay una coordinadora, llamada Herria 2000 Eliza, que defiende abiertamente a ETA y a sus asesinatos y cuyos sacerdotes se pasean por los platós de televisión para lamentar lo lejos que están de sus familias los presos de ETA. Presos que, como incluso Ibarretxe debe saber, están en la cárcel por asesinar, por matar a gente. Por cierto, ni un solo cura entre las víctimas de ETA, de todas las clases y colores. Con todos estos ingredientes, ¿por qué la Iglesia española no ha sido capaz de mostrar la mitad de este ardor de ahora en la lucha por la libertad, en el amparo de las víctimas del terrorismo, tantas de ellas católicas, tantas de ellas despachadas en funerales grasientos, urgentes, faltos de piedad durante tantos años?