Descuentos y recuentos

| RAMÓN BALTAR |

OPINIÓN

LOS DUENDES de las urnas enredaron para gastarle a los políticos una broma muy pesada: que su suerte dependa de electores que acaso no conocen de ellos más que el nombre. Menos mal que tienen unos días para ensayar la sonrisas del buen perdedor. Pese a rozar la cota 38, no puede sacar mucho pecho el PP gallego: un tajazo de seis puntos habla claro de una parroquia nada contenta con la administración que hicieron de las repetidas absolutas. Incluso si las dichosas sacas le fueran favorables, eso no ayudaría mucho para enfrentarse a los duros tiempos que se avecinan y a la tensión interna que avivarán los resultados de Orense y Pontevedra. Y Mariano Rajoy no sale muy bien parado: en su amada Galicia tiene la mitad de tirón que Zapatero. Situación intermedia entre derrota más agria que dulce y victoria pírrica. Tampoco la oposición tiene que echar bombas, por la sencilla razón de que el insuficiente castigo electoral a los populares indica que no hay sobrada confianza en la alternativa. Pero los cambios que necesita Galicia para salir del declive actual son de tal calado que no es discreto esperarlos de un Gobierno sin la comprensión y el encargo inequívoco de una mayoría social muy amplia. Una cosa es cambiar las figuras y otra cambiar el paisaje de fondo. Los que menos pueden presumir son los chicos duros del BNG, cuya falta de tacto para defenestrar a su mejor dirigente ha terminado en leñazo electoral. Si entran a gobernar con el PSOE, llevarán otra bofetada: el señor Beiras quedará como el Moisés nacionalista que preparó a Quintana el paso del Jordán. El alto valor simbólico del voto emigrante transversal saldría muy realzado si el órgano encargado de verificar la exactitud de las pesadas tuviera su asiento en San Jorge de Sacos. Para hacer juego.