SÓLO SABIENDO lo que ayer se decidía pueden interpretarse los resultados de las elecciones autonómicas. Pues en las de ayer, como en todas las que se celebran en los sistemas parlamentarios, los electores no sólo votamos para decidir quién gana o pierde en el reparto del número de escaños, sino también cómo va a influir ese reparto en la elección del presidente del Gobierno. De hecho, son esas dos caras del proceso electoral las que ayer se mostraron con toda claridad. El PP ganó ayer las elecciones. Las ganó en porcentaje de votos y también en número de escaños. Discutir esa victoria sería tan absurdo como discutir que 37 son más que 25 y más que 13. ¿Son más que 38? Pues no, no son: son uno menos. Por eso, y a salvo de lo que pueda ocurrir en los próximos días, cuando se escruten los sufragios de los residentes ausentes que votaron también en las elecciones autonómicas, lo cierto es que el PP no fue capaz de alcanzar el único resultado que le garantizaba seguir al frente de la Xunta: la mayoría absoluta en el Parlamento de Galicia. Es verdad que el resultado del PP ha sido mejor que el que le pronosticaban casi todas las encuestas. Y es verdad que, de forma paralela, la oposición ha colmado sus expectativas por la mínima. Pero las han colmado... de momento. Es ahora, en consecuencia, esa oposición la que deberá decidir cómo gestiona su victoria conjunta sobre quién ha gobernado este país durante los últimos tres lustros. No es muy difícil suponer que tanto los socialistas como los nacionalistas habían previsto que esa victoria iba a producirse con una claridad muy superior que la que se ha producido finalmente. Y no es tampoco difícil suponer que el panorama que ha dejado el resultado electoral es, por ello, bastante diferente al que se habían imaginado el PSdeG-PSOE y el BNG. Uno y otro prometieron que si Galicia votaba por el cambio, cambio habría. Pues bien, los electores dejamos ayer a los partidos, desde esa perspectiva, un resultado endemoniado. Tan endemoniado que es de esperar que todos los partidos extremen su respeto por un resultado electoral que hace legítimas distintas soluciones. Entre ellas, desde luego, la de que los partidos de la oposición decidan formar una mayoría conjunta de gobierno para dirigir este país en el período 2005-2009. Los próximos días serán, así, de una intensidad muy especial. Pero ocurra en ellos lo que ocurra, los líderes de los tres partidos que ayer obtuvieron el apoyo de cientos de miles de gallegos no deberían olvidar que a casi todos nos preocupa mucho más el futuro del país que el de los partidos que, por su mandato, deberán representarnos de ahora en adelante.