HASTA la catástrofe del Prestige , mucha gente imaginaba a Mariano Rajoy de esta forma en Galicia: fumándose un puro en una terraza de Sanxenxo, en divertida tertulia hasta altas horas de la madrugada. Pero se hundió el Prestige y una sola foto cambió ese tópico: Rajoy era el político-atleta que saltaba sobre el agua en una playa donde trabajaban heroicos marineros y voluntarios. Ahora, el líder del PP ha vuelto a tener su foto de playa: ésa de ayer donde entrega propaganda electoral a relucientes señoras en bikini, que estaban pensando en todo, menos en la visita de Rajoy. Ante esa imagen, un respeto. Puede que sólo sea el resultado de una brillante idea de un asesor; pero demuestra que Rajoy, de señorito bon vivant de puro y tertulia, nada. Hoy es un esclavo de la política que transforma el mandamiento de Fraga («hay que sacar los votos de las piedras») en un «busquemos el voto hasta en la arena». Y lo hace en castellano, sin complejos de carencia de idioma, quizá porque prefiere una buena lengua española al «castrapo» de otros. Ha hecho de la batalla gallega su única ocupación de dos semanas. Se ha tomado estas elecciones como suyas. Y, en cierto modo, lo son: son las urnas de su tierra, las que un líder nunca debe perder. Sabe que el día 20 habrá quien aplique el resultado a la consistencia y futuro de su liderazgo. Y, sobre todo, Galicia es el feudo del PP, el palacio de invierno que quiere conquistar la izquierda, y él lo defiende con la disciplina de militante que hace méritos y la autoridad del general que manda las tropas. Don Manuel Fraga quizá no sea su candidato ideal. Hubiera preferido un candidato «de birrete». Pero, una vez aceptado con la obediencia debida al Presidente Fundador, lo sirve con la misma dedicación que si fuera su delfín. Lo defiende como a una ciudad asediada. Le tolera que propugne medidas de gracia para terroristas arrepentidos, en contra de la línea oficial del partido. Le permite que le gane por el centro y hasta por la izquierda, por el peso de una lógica «mariana» implacable: hoy es su hombre. Aunque a veces hayan tropezado o hayan tenido que usar su respectiva autoridad, es su hombre. Si el voto, como la tierra, es para quien lo trabaja, Mariano Rajoy merece muchos. Estos días le hemos visto en la denuncia y en la predicación. Actuó de líder y de simple agente electoral. Se convirtió en garante de futuro buen gobierno y en guardián de la ortodoxia estatal, recordándole ayer mismo a Quintana que sólo hay una nación y se llama España. Podrá gustar o disgustar. Está más sometido que otros al examen de ser profeta en su tierra. Pero, gane o pierda su partido, un respeto: el líder sabe hacer el papel de currante.