TENÍAMOS la idea de que el gladiador era un cachas de dos metros de alto, con una musculatura fuera de lo normal. Teníamos esa idea porque nos quedamos con la imagen que nos pasaban en el cine cuando éramos pequeños, en la que el gladiador era un joven, físicamente muy afortunado, que peleaba sobre la arena de los coliseos romanos. Y que al final, entre el entusiasmo de todos nosotros, vencía al malvado o al león, según, y se colocaba como el héroe de la pandilla. Nos queda la idea de que el gladiador era invencible y además fornido y ligón. Como Kirk Douglas. Ahora los gladiadores ya no responden a esa imagen. Ahora son muy normalitos. Como usted y como yo. Achaparrados, rechonchos y tripudos. Y hasta puede que hayan cambiado el metálico casco por una boina. Al menos así, convertido en un gladiador con boina, se presentó el domingo en Lalín, sobre la arena del circo-mitin del PP, el ex delfín Cuíña, para postularse en la sucesión. «Prefiro morrer no coliseum como os bos gladiadores que envellecer nas gradas da pasividade», dijo el gladiador lalinés . Que es lo que le faltaba escuchar a Mariano para no pegar ojo en lo que queda de año. A la vista de que los delfines son frágiles y rompen con facilidad, Cuíña ha adoptado el papel de batallador infatigable por la sucesión de don Manuel. En su tierra; ante su gente y ante Mariano y Alberto que deben de estar arrepentidos de haber ido allí. Porque, por si no fueran suficientes los disgustos que les dan las encuestas y don Manuel, ahora llega Cuíña para reivindicarse y patentar ese original modelo de gladiador con boina. Que se nos antoja difícil de vencer, porque reúne la fortaleza de unos y la experiencia, la astucia y las mañas de los otros. Y ante esto, ya pueden usar todos los birretes que quieran. Porque un gladiador siempre es un gladiador. Sobre todo si lleva boina.