EN EL COMENTARIO del domingo pasado, nos recreábamos con el caso Watergate tras conocerse la identidad de Garganta Profunda, la fuente anónima que hizo posible que los periodistas Bob Woodward y Carl Bernstein destaparan el escándalo que culminó con la dimisión del presidente Richard Nixon y la condena de altos funcionarios.
11 jun 2005 . Actualizado a las 07:00 h.La investigación de estos periodistas de The Washington Post, según se ha revelado a la postre, sólo fue posible gracias a las pistas y claves que les facilitó la fuente anónima, que se ha hecho célebre con el nombre de Garganta Profunda. La revelación de la identidad de este confidente -que resultó ser el número dos del FBI- ha coincidido con una ofensiva lanzada desde la Casa Blanca contra el uso de fuentes anónimas en los medios estadounidenses. Tras los atentados terroristas del 11-S, la Administración Bush ha impuesto el secretismo informativo, hasta el extremo de que The New York Times se preguntaba la semana pasada si ahora sería posible realizar una investigación periodística como la que hicieron Woodward y Bernstein sobre el Watergate. Newsweek, en la picota Otro medio estadounidense, la prestigiosa revista Newsweek -con cuatro millones de ejemplares de tirada, es la segunda después de Time - acaba de pasar por la picota precisamente por utilizar una fuente anónima. Michael Isikoff, reportero investigador de la revista, se basó en una fuente no identificada del Gobierno para informar de ciertos abusos y vejaciones cometidos por soldados norteamericanos en la base naval de Guantánamo, en la isla de Cuba. Contaba Isikoff el 9 de mayo que un militar había tirado una copia del Corán al váter para presionar y humillar al preso al que estaba interrogando. La revelación tuvo eco inmediato en el mundo musulmán y hubo manifestaciones en varios países, que acabaron con decenas de muertos y heridos. La reacción más violenta se produjo en Afganistán, país que cuenta con numerosos detenidos en Guantánamo (no hay datos exactos sobre el número de recluidos en esta prisión, pero sobrepasan con holgura los 500). Michael Isikoff es un prestigioso reportero, que en el 2001 ya figuraba en la lista de los periodistas más influyentes de Washington. No en vano descubrió el affaire entre Bill Clinton y la becaria Mónica Lewinsky en enero de 1998, y denunció los abusos y torturas cometidos por soldados norteamericanos en la prisión de Abu Ghraib, en Irak. Fue premiado por ambos trabajos de investigación. La Casa Blanca reaccionó a la información de Newsweek con inusitada agresividad. Acusó a la revista de haber causado un daño irreparable a la política de Estados Unidos y la hizo responsable de la ola de violencia. Las presiones debieron de ser de tal calado que el 16 de mayo la revista se disculpó, reconoció errores en el artículo y lamentó la violencia desatada. Sostuvo, no obstante, que la base de la información era cierta y reiteró la denuncia de vejaciones y humillaciones a los prisioneros de Guantánamo. Atribuyó el origen de la información a una «fuente antigua y siempre fiable», que no desveló. «Cuando ocurre una cosa de este tipo -reflexionaba Isikoff en The New York Times -, tienes que revisar el trabajo que has hecho y cómo has manejado la historia. Ni Newsweek ni el Pentágono previeron que una referencia al ultraje del Corán iba a provocar el tipo de respuesta que causó. El Pentágono vio la información antes de que se publicara y no puso ningún impedimento. La ira que provocó los sorprendió tanto como a nosotros, que, por supuesto, lamentamos no haber entendido las consecuencias potenciales de algo así». Isikoff, que no ha tirado la toalla, anunció su intención de seguir investigando «esta situación tan oscura». El Gobierno norteamericano consideró insuficientes las disculpas de Newsweek y pidió que hiciera algo para reparar el daño que su información había causado. El secretario de Prensa de la Casa Blanca, Scott McCellan, llegó a sugerir que debía explicar su equivocación en las televisiones árabes y dar cobertura especial en sus páginas a los esfuerzos que hace el Pentágono para asegurar el respeto a la religión de los prisioneros bajo su custodia. Culpar al mensajero Tres semanas después, el día 3, el Pentágono admitió que al menos en cinco ocasiones el Corán había sido «maltratado» en la base de Guantánamo y que sus soldados habían insultado, pateado, pisoteado y, en una ocasión y «no de forma intencionada», orinado sobre el libro sagrado de los musulmanes. Pero como no hay mejor defensa que un buen ataque, McCellan culpó al mensajero de exagerar lo ocurrido. «No es afortunado -apostilló el portavoz de la Casa Blanca- que algunos medios hayan elegido sacar de contexto algunos incidentes aislados protagonizados por unos pocos individuos. No hemos encontrado pruebas creíbles del incidente. Consideramos el caso cerrado». El uso de fuentes anónimas forma parte de la historia del periodismo, al igual que el intento recurrente para restringir su uso, recuerda The New York Times . En los medios hay cierto consenso en que no se debe abusar de estas fuentes, y que sólo pueden ser utilizadas en ocasiones excepcionales y como último recurso. Pero también hay unanimidad en que ciertas informaciones delicadas o las denuncias de abusos de poder no saldrían a la luz pública si no se recurriese a las fuentes que no desean ser identificadas. En una práctica de mal periodismo, puede ocurrir que el reportero dé una información interesada e incluso inventada amparándose en fuentes anónimas, y también que éstas utilicen al periodista para dar publicidad a sus propios intereses. De ahí que el periodista deba contrastar las fuentes anónimas y validar la información con otras.