QUIENES publicitan la opinión de que es urgente acabar con el terrorismo etarra mediante el diálogo -y concomitantes concesiones, cabría añadir- están amparando la gestual táctica gubernamental consistente en relajar las tensiones de corto plazo generando otras más constrictoras en el futuro. Así se hizo en Irak con la retirada de nuestros soldados al traicionar en pleno frente de batalla a un aliado, del que empezábamos a conseguir casi todo, que a la vuelta de la esquina se ha convertido en enemigo, y llegado el momento nos lo hará saber. Aunque los últimos atentados de ETA han sido calculados para que resultaran prácticamente incruentos, sus efectos estratégicos pueden devenir tremendamente productivos en relación con los fines perseguidos. Los atentados corresponden a una cadencia militar táctica encriptada dentro de la estrategia política última: hacer ceder al Gobierno de la nación. Sin embargo, debo insistir una vez más en la casi nula trascendencia de ETA en relación con el normal funcionamiento de España. Por tanto, que no nos vengan diciendo que la vida de todos nosotros corre grave riesgo cada mañana al levantarnos, siendo razón más que suficiente para buscar la urgente paz aun a costa de sentar un precedente que pudiera incitar a la aparición de otro tipo de terrorismo. En Galicia, por ejemplo. O en Cataluña. O de distinta índole. No me parece baladí recordar que después de la ruptura de la tregua en 1999 y a pesar de los desesperados intentos de ETA por diseminar el terror por doquier, el número de turistas en el año 2000 aumentó en España en millón y medio de personas respecto al anterior. Por otra parte, desde el punto de vista de la cuantificación de víctimas, por muy doloroso que resulte el cómputo, hay que reconocer que apenas tiene incidencia pues, por poner un ejemplo, los 1.300 ciclistas fallecidos en las carreteras españolas en los últimos diez años dan como resultado una tasa de mortalidad del 400%, para este colectivo, respecto a los asesinados por ETA en 30 años. Es decir, ETA es un mal de menor entidad en relación con otras desgracias que sufre España (y los países industrializados, en general) con las que nos hemos acostumbrado a vivir y a progresar. Que nadie olvide que a pesar de ETA hemos alcanzado el 87% de la renta per capita, partiendo de mucho más abajo, de la UM-12. En consecuencia, no entiendo las prisas negociadoras que le han entrado al Gobierno a no ser que PSC-ERC lo estén chantajeando. Si bien se mira, lo menos importante en todo esto es que al pacifismo del Gobierno ETA haya respondido con bombas pues no es más que la escenificación ruidosa de la calculada urgencia en poner término al conflicto. Lo más importante es, si se logra la paz con ETA sin que esta se haya rendido incondicionalmente, que los responsables de la política antiterrorista puedan responder a las siguientes preguntas: 1) si el terrorismo islámico animado por el desenlace positivo del dialogo con ETA se siente estimulado para proseguir una campaña criminal tendente a sacar de la cárcel a sus militantes actualmente encarcelados y obtener además cierta autonomía politica y religiosa dentro de España ¿estará Zapatero dispuesto a negociar?; 2) si nace un movimiento de ultraderecha que reivindique, terrorismo mediante, una involución política preconstitucional con disminución de los actuales techos de competencia vigentes en algunas comunidades autónomas ¿estará asimismo el Gobierno dispuesto a negociar? ¡Queremos saber!