El voto de los católicos

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS|

OPINIÓN

SIGUIENDO las instrucciones de los obispos, comprometido con la vida política y social de mi país, tratando de ser coherente con las enseñanzas del Evangelio, y después de reflexionar -¡llevo cuarenta años haciéndolo!- sobre mis responsabilidades de ciudadano, voy a votar exactamente lo contrario de lo que vota Gea Escolano. El obispo de Mondoñedo no hizo público su voto, y yo tampoco voy a pregonar el mío. Pero es seguro que, basándonos en los mismos textos, y con idéntica honradez personal, vamos a votar como el día y la noche. Para mí no es fácil de entender que, manteniendo abierta la COPE -¡que Dios se lo perdone!-, y después de ocho años de plena identificación entre el aznarismo y el roucovarelismo , todavía se atrevan a darnos orientaciones para el ejercicio de una ciudadanía cristiana y responsable. Y por eso no descarto que hayan redactado su pastoral sin reparar en la dura advertencia de Cristo: «si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en el hoyo» (Mat., 15-14). No es de recibo que, hablando de los que atentan contra la vida, se hayan olvidado de la guerra como hecho, del belicismo como política y de la insolidaridad como conducta. Tampoco tiene sentido que, al tratar de la familia, reduzcan el problema a sus aspectos jurídicos, mientras se olvidan del duro ambiente social y económico en el que las familias digieren sus crisis. Y hasta me suena a pura obsesión el que, a la hora de recurrir al Evangelio, todo parezca reducido a una moral sexual metida con calzador entre las grietas dolorosas de la sociedad actual. La Iglesia española, que sigue sin hacer propósito de la enmienda por sus relaciones con el franquismo, no está exenta de responsabilidades en la crisis moral de nuestro tiempo. Y por eso no le es lícito fragmentar el análisis de los problemas políticos para escabullirse de reflexiones tan graves como la injusticia social, la promoción e igualdad de la mujer, la distribución de la riqueza, el ejercicio general de las libertades y derechos y el enfoque global de los problemas políticos. Ellos saben muy bien que, si extienden su análisis a todo el universo político, y hablan del ejercicio honrado de la vida pública, su carta pastoral sería como un tiro por la culata. Y por eso prefieren jugar a las adivinanzas desde los púlpitos, mientras la COPE se encarga de dar el mitin. Los obispos tienen derecho a hablar de política y a establecer orientaciones del voto. Pero es lamentable que sus incursiones políticas, tan poco meditadas, acaben siendo indiferentes para los indiferentes, y una cruz insoportable para los que esperamos que, con la ayuda de las obras, «alumbre su luz delante de los hombres» (Mat., 5-16).