PIEDRA es igual a la eternidad. Cuando se gira la nuca para admirar el arte de las civilizaciones pretéritas, el asombro nos inunda con algo parecido al síndrome de Stendhal, tan en boga por un anuncio televisivo. Se llega a tener la impresión de que, en cierto sentido, hemos involucionado. Para abarcar lo ciclópeo construido con alma y tecnología hay que volver a Egipto, como si se tratase de un viaje a la Meca. Cualquier interesado en arte podrá captar el significado de las cuatro dimensiones de medir y de las otras dos, más conceptuales, que corresponden al haz y el envés, al exterior y al interior del monumento. No es de extrañar que los arquitectos egipcios, ante tanta complejidad, presenten la mayor tendencia a la depresión. El Nilo traba el gran conjunto lítico que, sin su curso, no hubiera existido. Es la cremallera que contextualiza todo con su lámina de agua, sus vientos, el vergel de sus márgenes cultivadas, las poblaciones de adobe que, en busca de protección, escalan las laderas a partir de las cuales nace el desierto. Entendemos la ruina, con sus piedras descolocadas de forma aleatoria, y la veneramos porque es un fin que levanta nuestra compasión. El sol de mediodía, lanzándose ortogonalmente contra ellas, las hace casi invisibles con su resplandor, y al atardecer se ennegrecen en el contraluz. El hombre es un dato mínimo en ese medio sin techo donde Amón-Ra, el sol, lo es todo. Entre el bosque de columnas de Karnak el cielo, como en el patio borgeano, está encauzado. Mirando hacia poniente, las imágenes del ritual solar parece que querrían desprenderse del muro para iniciar, como hace cuatro milenios, el camino de Luxor en la gran procesión de Opet, la fiesta del año nuevo. En el templo de Filae, que fue cambiado de isla por la construcción de la presa de Asuán, se nota que las piezas están colocadas en una reconstrucción intencionada, una especie de trampantojo volumétrico. Se echa de menos el azar, producto del movimiento de las piedras y la erosión. Y la muerte omnipresente, para la que el faraón trabajaba desde el comienzo de su reinado como su arquitecto principal. Las pirámides hay que entenderlas por la filigrana de oquedades interiores trabadas con dinteles y sillares esculpidos con precisión. En el exterior podemos imaginar el brillo del perdido forro de caliza, el efecto de sus cuatro caras con luces y sombras derramadas sobre la alfombra nítida del desierto, ante la vigilancia de la enigmática esfinge. Al igual que Gerardo Diego vio volar la piedra a la luz de las estrellas, a pleno sol, en la meseta vibrante de Guiza, la piedra levita. Esa percepción cambia en los recintos funerarios subterráneos, cuando no hay piel y la arquitectura es pura entraña. Bajo la montaña natural o artificial, resultado de la acumulación de los materiales extraídos, se abren los vaciados de las tumbas, y en las mastabas se descubre entre medias luces y sombras el manejo del espacio interior. El techo es el límite que ayuda a comprender la arquitectura. Las ruinas al aire generan, en cambio, admiración sin límite. Aquel nos engrandece, éstas nos empequeñecen.