YA PUEDE Arnaldo salir de casa todas las mañanas provisto de muda y cepillo de dientes. Otegi ha sido alcanzado por la justicia y ya sabemos que ésta puede ser lenta, pero es implacable. Fíjense que claro lo tenía su conmilitón, Salaberria, que se fugó en cuanto percibió ruido de togas. La primera dentellada la ha saldado, previo pago de millonaria fianza, de forma rápida, pero a tenor de las acusaciones que pesan sobre este etarra en comisión de servicios, no hay que descartar nuevas estadías en la cárcel, quién sabe si más prolongadas. Por otra parte, ya han salido los primeros discrepantes del mundo batasuno con la posición de Otegi favorable al diálogo. Están férreamente dispuestos a negarse a que su tinglado pueda desaparecer. Decía un antiguo etarra -hoy felizmente reinsertado- que cada vez que se le ocurría plantear en el seno de su organización la conveniencia de dejar de pegar tiros para empezar a hacer política, la primera reacción que indefectiblemente se encontraba era la de los rudos militantes que preguntaban: ¿y qué hago yo ahora con mi vida? Esta es una de las partes más peliagudas del problema: el terrorismo se ha convertido para muchos una forma de ganarse la vida, aun a costa de arrebatársela a otros. La organización terrorista ampara a quienes viven dentro de ella o acampan en sus alrededores, les ahorra tener que pensar, les da un sentido a sus vidas -es así, por chocante que resulte-, les organiza la agenda y, a base de años y años de vivir en esa cápsula sectaria, son muchos los que sienten vértigo con sólo pensar en cómo sería su existencia fuera de esa secta que proclama que los otros son el pecado y el mal. El caso es que tenemos a un sector de HB, el liderado por Otegi, ansioso por hacer política, como un yonki que busca su dosis, y, mientras siguen las bombas, a un sistema judicial que puede encarcelar al dirigente batasuno. Otegi es un símbolo de la contradicción de intereses que se da hoy en el mundo etarra: los que piensan que hay que bajarse, porque les gusta la política, y los que sostienen que no hay que aflojar, porque fuera de la secta no hay salvación. No sé cómo se va a saldar esta contradicción, pero, en cualquier caso, es un buen síntoma el que aflore esa divergencia de intereses entre políticos y militares, característica, por otra parte, de toda la historia de las escisiones de ETA. Hay ahora un cambio; por primera vez el jefe militar y el jefe político es el mismo: Josu Ternera. Bien, son muchas piezas bailando, una sensación de confusión pero, a mi juicio, con la certeza de que el grupo terrorista no está en condiciones de organizarnos la vida como lo hacía cuando asesinaba a razón de treinta o cuarenta personas al año.