HACIENDO honor al IV Centenario del Quijote, los franceses, constituidos en pueblo soberano, acaban de arremeter contra los molinos de viento. Su acendrado valor está fuera de duda. Pero el resultado de tan épica batalla no pasa de ser un revolcón de grandes proporciones, una lanza astillada en mil pedazos, y un montón de magulladuras que les van a dejar postrados durante una larga temporada. Francia como país, y Europa como proyecto, necesitan muchos debates y cambios. Pero es evidente que los franceses se han equivocado de enemigo, y que, en vez de acometer contra la esclerosis de un sistema que no es capaz de responder a los retos del mundo actual, arremetieron contra un texto constitucional que ponía el dedo en todas sus llagas y aportaba los ungüentos necesarios para una cura de urgencia. Y eso es tanto como decir que, más allá del respeto debido a cualquier pronunciamiento democrático, los franceses se han dejado arrastrar por los líderes más demagógicos, por los análisis más simples y por las respuestas más cómodas, en vez de coger el toro por los cuernos y hacer, por propia voluntad, lo que dentro de unos años tendrán que hacer de mal grado. El «no» de Francia aporta mil problemas y ninguna solución. Y es penoso pensar que, teniendo la cultura política que tienen, y llevando a sus espaldas tanta historia, hayan caído en la trampa de utilizar el más monumental cañonazo, que apuntaba al corazón de Europa, para matar una mosca cojonera que bien se podía quitar rascándose con decisión. Al derrotar sin paliativos a sus grandes partidos, el pueblo francés se derrotó a sí mismo. Y, al poner el futuro en manos de una amalgama de extremistas, idealistas, izquierdistas, oportunistas, fascistas, globofóbicos y nacionalistas, cometió una irresponsabilidad que el resto de los europeos no nos merecíamos. Porque es evidente que, después de tan colosal aldabonazo, todo está peor, nada está mejor, y por ninguna parte se ve más alternativa que una vuelta disimulada a la misma senda que acabamos de abandonar. Que Holanda o Inglaterra ratifiquen el «no» de los franceses no le añade ni un ápice de razón a una postura surgida de la demagogia y de la contradictoria relación que los Estados mantienen con la UE. Y que nadie me venga a decir que cuatrocientos millones de personas no pueden equivocarse. De hecho ya se han equivocado varias veces, contando los muertos por millones y cometiendo horrendos crímenes en nombre de todas las patrias. Porque los de antes también eran pueblos, también esperaban acabar con el paro, y también se fueron a las armas en nombre de la paz perpetua. «¡Válame Dios!», dijo Sancho. La misma historia de siempre.