Livergool

CÉSAR CASAL GONZÁLEZ

OPINIÓN

FUE un anochecer rojo en Estambul. Los Benitles escenificaron David y Goliat, una vez más. Eléctricos. Para alucinar, puro LSD (Liverpool Sociedad Deportiva). Si todos los partidos se jugasen así, los cines no pondrían películas. Darían fútbol a todas horas. No existiría La Guerra de las Galaxias. Las sagas serían de partidos. En el segundo tiempo, los reds borraron a los de Ancelotti, como si de verdad los de Milan fuesen una goma. Gusta que el dinero, sorry Berlusconi, no lo compre todo. Añado una reflexión. Fue el campeón más español. Tal y como pinta la Liga, en el Livergool había más españoles, entre técnicos y jugadores, que en la mayoría de equipos de aquí. Me gustó, además, ver una bandera española en la cintura de uno de ellos, en el momento del altar con la Copa. Con dos. Ahora que muchos la odian, está bien que estos muchachos la luzcan. Ahora que todo el mundo reivindica la historia de su pueblo (la bandera de Extremadura se la sacaron de la manga con los colores de dos equipos), me encanta que haya quién no se avergüenza de ser español. No soy nacionalista (el amor es la única tierra firme en la que creo), pero me quedo con una bandera que une y no con las que se usan para separar.